L5-S1    Imprimir

Martes 20 de Abril de 2010
Publicado en: También de letras

Healing Through Disease (Continuación a La silla de Marañón)


"(...) Según cuenta su último biógrafo, Le Corbusier pasó los años finales de su vida con una vértebra humana colgada del cuello. Dicen que al morir su mujer se procedió a la incineración, pero de modo inexplicable entre las cenizas apareció una vértebra intacta. Una vértebra es un elemento perfecto para ilustrar la tarea del arquitecto. La columna vertebral, esa sinusoide flexible formada por pequeñas piezas de prodigioso diseño, debería figurar en el escudo de armas de los arquitectos".

Félix de Azúa: Cuando hay arquitectos amables (también reseñado en Arquitectos, el ocaso de una profesión)



L5-S1 es el espacio articular entre la vértebra más baja de la sección lumbar de la columna (L5) y la más alta del sacro (S1). Lo siento por Azúa y Le Corbusier, pero pienso que algo debió de ir mal en el camino de evolución del homínido desde las cuatro patas hasta la bipedestación. ¿"(...) Sinusoide flexible formada por pequeñas piezas de prodigioso diseño"? Estáis de broma: nadie puede decir esto si analiza con calma la L5-S1, verdadera chapuza evolutiva, disco débil donde los haya pues con un espacio y forma idénticos a sus vecinos tiene que asumir cargas y flexiones 20 veces mayores.

Hace ahora 8 años, AM (el Arquitecto Martínez, el Artista Madridista) empezó a sentir una pequeña molestia a la altura de la espalda, sección lumbar, que fue rápidamente degenerando, a lo largo de 3 años más, en un agudo dolor, primero, y en una parálisis incapacitante, después. Comenzó entonces su peregrinación por médicos y terapeutas de especialidades sobre cuya existencia, hasta entonces, sólo tenía remoto conocimiento, a veces desconocimiento total. Traumatólogos, reumatólogos, neurocirujanos, osteópatas, homeópatas... aunque AM creía haber tenido criterio hasta ese momento para distinguir entre lo bueno y lo malo, entre lo regular y lo peor, ahora todo parecía valer con tal de aliviar la tormenta de dolor que le asediaba día y noche. Con un problema, o mejor dicho, dos: a pesar de que el diagnóstico era claro y bastante unánime (discopatía severa a nivel L5-S1), las soluciones que le proponían eran del todo divergentes; desde las cirugías extremas con medio año de recuperación en la cama, hasta el "no hacer nada y aguantar", pasando por experimentales y dudosas inyecciones de gases extraños como el ozono. Y todo ello trufado con conversaciones del todo surrealistas (¿eres paracaidista? porque ésta es una lesión típica de paracaidistas...) Y lo que es peor: ninguna de las terapias, ninguna de las soluciones parecía servir para hacer remitir en nada el dolor. El paciente convertido en médico de cabecera, teniendo que distinguir y elegir entre especialistas carísimos... enfin, un desastre.

Cuando este viaje en el sentido inverso al de la evolución (de erguido a acostado, del tablero de dibujo a la cama) parecía no tener fin, AM tuvo la suerte (sí, existe) de encontrarse en su camino al Dr. R., neurólogo especializado en el tratamiento del dolor. Su receta era sencilla: primero hay que desbloquear los mecanismos del dolor, hay que devolver el cuerpo a una posición y comportamiento antiálgico, engañar a las reacciones de defensa, tanto nerviosas como musculares; sólo así podremos empezar una terapia manual y una reeducación del comportamiento que servirá para estabilizar la situación. Y su terapia fue de choque, pues comenzó con unos derivados opiáceos (que producían tal sensación de dulzura que AM aún los sigue añorando a día de hoy) y siguió con una ingeniosa intervención llamada rizólisis, que consistió en destruir, mediante radiofrecuencia introducida por unas cánulas al nivel articular, la rama de los nervios que sirve para transmitir el dolor (y eso sin interferir en las dos otras, las de la tracción y el tacto). Escéptico por su experiencia y por su intuición (¿es prudente quitar los testigos de una grieta en un edificio con patologías evidentes?), AM se dejó hacer, una vez más.

Como los golpes de suerte nunca vienen solos, al poco tiempo (y cuando los efectos secundarios de la intervención -un inquietante hormigueo en las piernas- aún estaban presentes) AM acabó cayendo en las manos del fisoterapeuta J. Respecto a sus antecesores, la originalidad del fisioterapeuta J. consistía en aunar las técnicas occidentales con orientales (el recurso a la acupuntura para las peores crisis era siempre infalible), y las elásticas (la fisioterapia tradicional) con las más mecánicas (las de la osteopatía). El encuentro (felizmente coincidente, aunque no relacionado) de ambas personas (R. y J.) supuso para el maltrecho AM un punto de inflexión radical: el dolor comenzó a remitir de forma acelerada, y pudo ir recuperando sus responsabilidades (profesionales y paternas) de forma paulatina; y no sólo eso.

Escarmentado por el suplicio de los años pasados, AM empezó a cuidar mejor la alimentación; perdió con ello algo de peso; comenzó a hacer ejercicio, tanto camino de la oficina con su recién estrenada bicicleta, como en sesiones semanales de natación (práctica que había odiado hasta entonces) en las que el entrenador M. le enseñó que la diferencia entre un mamífero de tierra y otro de agua (o anfibio) era más una cuestión de técnica (técnica depurada, eso sí) que de verdadera anatomía, esa anatomía que había estado en el origen de su fallo.

Por entonces, AM reseñó un interesante artículo de prensa dedicado al Doctor L. (La silla de Marañón), personaje que daba con sus palabras una verdadera lección de cómo debiera de ser la medicina que él hubiera necesitado encontrarse (humanista, humana y transversal). Como en casa de herrero, cuchillo de palo, el Doctor L. falleció -demasiado joven- al poco tiempo de esa reseña (descargar necrológica), como si no hubiera querido aplicarse sus propias recetas de longevidad, o quien sabe, esas recetas tuvieran más de bonita quimera que de realidad.

La revisión. Hace no mucho, el fisioterapeuta J. pidió a AM de que se realizara una nueva prueba diagnóstica, para cuantificar con imágenes el nivel de la recuperación de la lesión: una cosa -la recuperación- que a efectos empíricos resultaba evidente (quién te ha visto y quién te ve), pero de la cual AM no quería ni oír hablar: pruebas de nuevo, ¡no, por favor! Déjenme disfrutar. Y hace bien poco, después de una concienzuda estrategia de persuasión, aprovechando el tiempo de conversación de las sesiones de rehabilitación, J. acabó convenciéndole. Señores: contra todo pronóstico (y esto no lo tenían previsto ninguna de las técnicas que se barajaron, que aspiraban como mucho a una estabilización), el disco intervertebral L5-S1 se ha recuperado al doble de su tamaño de hace 4 años. Healing through disease; la curación a través y gracias a la enfermedad.

 

El meandro (Miravet en 2010)    Imprimir

Martes 6 de Abril de 2010
Publicado en: La vida que pasa

(Continuación a Miravet en 2007)


El meandro del Ebro en Miravet, visto desde lo alto del castillo templario (Foto AM, Primavera 2010)