En torno a la permanencia    Imprimir

Miercoles 23 de Junio de 2010
Publicado en: La vida que pasa

(Una reflexión para San Juan, víspera del solsticio de verano; continuación a México nos devuelve a JAM)


"Tiene ya cuarenta años: ésa es una edad crítica. Entre los treinta y cinco y los cuarenta y cinco, todos hemos de doblar una esquina en el camino de la vida, o bien estamparnos contra una tapia de ladrillos".
(Robertson Davies, cortesía de Enrique Ortiz)


1. La calle Ancha de la Feria

Fue justo en aquella época en que cada mañana le anunciaban el fin del mundo tal y como lo había conocido (en que los graves acontecimientos de los dos últimos años, lejos de remitir, tomaron la fuerza y velocidad de un huracán), cuando A. (A.: el Arquitecto) comenzó a fijarse con más detalle en algunas cosas que hasta entonces había tenido por evidentes, pero no lo eran.

Había adquirido A. desde hace tiempo la costumbre de bajar al mercado muy pronto la mañana del sábado, antes de que su mujer e hijos siquiera despertaran. Consideraba tal suerte vivir en la esquina de aquel viejo mercado de alimentación, que no acababa de entender la crítica y suspicacia de tantos amigos vecinos, que le incitaban a buscar lugares más económicos. ¿Más económicos? Quizás, está por demostrar, pero seguro que menos cercanos, menos naturales, más envasados y más incómodos. Además, a A. le había costado tiempo manejarse holgadamente entre los entresijos de aquél zoco como para ahora echar a perder todo ese trabajo por las opiniones de un hatajo de impacientes. Dentro del mercado, A. prefería a los tenderos que le ofrecían productos de su propia huerta: nunca se había ocupado de comprobarlo, pero le bastaban la cara curtida de su frutero, sus manos ajadas, o la cantidad de tierra que traían dentro sus espinacas para estar tranquilo sobre el origen de sus verduras. Con esto, había introducido A. en su casa unos hábitos alimenticios del todo saludables, gracias a los cuales los niños no sabían qué era un bollicao pero sí se peleaban por un plato de lentejas o garbanzos.

Observaba en el mercado A. el afanoso ir y venir de los tenderos a primera hora, los viejos muros de carga de ladrillo, las vidrieras modernistas rotas o esmeriladas, la sucia estructura de acero que en su momento fue (aún ahora) auténtica filigrana, y le venía a la cabeza una cita que le había oído a su maestro, en la que Chávez Nogales describía la infancia del torero Belmonte en Sevilla:

"(...) Juan es muy poquita cosa, y la calle, en cambio, es demasiado grande, tumultuosa y varia. Es una calle tan grande y tan varia como el mundo (...). Vive Juan en una casa de la calle Ancha de la Feria -la casa señalada con el número 72-, en la que ha nacido. Nacer en la calle Ancha de la Feria y encararse con la humanidad que hierve en ella apenas se ha cansado uno de andar a gatas y se ha levantado de manos para afrontar la vida a pecho descubierto, es una empresa heróica, que imprime carácter y tiene una importancia extraordinaria para el resto de la vida, porque súbitamente la calle ha dado al neófito una síntesis perfecta del Universo (...). [Pero] tan importante como haber nacido en la calle Ancha de la Feria es nacer en cualquiera de las quince o vente calles semejantes -no son más- que hay por el mundo (...).

Son esas calles que milagrosamente llevan varios siglos de vida intensa, sin que el volumen de su pasado las haya envejecido; son viejas y no lo parecen; sin que se les haya olvidado nada, viven una vida actual febril y auténtica, vibrando con la inquietud de todas la horas (...). Esta evolución constante le da una apariencia caótica por el choque perenne de los anacronismos y los contrasentidos, (...) todo está allí, vivo, palpitante, naciendo muriendo simultáneamente. Y así, en Sevilla como en París y en Nápoles y en Moscú. La calle es una buena síntesis del mundo. Lo que intuitivamente aprende el niño que se ha criado en su ámbito tumultuoso tardarán mucho tiempo en aprenderlo los niños que esperan a ser mayores en la desolación de los arrabales recientes o en el fondo de los viejos parques solitarios". (1)

Insistía el maestro de A.: en estas líneas se percibía una profunda idea de unidad, de manera que la complejidad de la situación no desembocaba en confusión, sino en orden. Era una lección, aclaraba, de la que debían tomar nota los arquitectos -como él-, "(...) cuya tarea no era otra cosa que presentar un escenario que acogiera la vida y le permitiera desarrollarse, hacer posible que elementos diversos coexistan vinculándose todos ellos a través de la aspiración de unidad" (2). El mercado, asimilado a la calle, no sólo como fuente de abastecimiento, sino como génesis primigenia de la ciudad.


2. El príncipe de Dinamarca

Fue justo por entonces cuando A. tuvo la fortuna de poder asistir a una representación de Hamlet que tenía lugar bajo las bóvedas góticas del antiguo hospital de tuberculosos de la ciudad, ahora utilizado como biblioteca nacional; gran aficionado al teatro (como en el mercado, sospechaba que todos aquellos que lo repudiaban tan fácimente lo hacían más por ignorancia que por convicción), y gustoso siempre de ver montajes de sus dos autores favoritos (W.Sh. y A.Ch.: consideraba que en ellos se encontraba la explicación a casi todos los misterios del mundo), A. -que había perdido una oportunidad un verano atrás- no desaprovechó la ocasión y acudió puntual y en buena compañía a la nave gótica. Mientras escuchaba ausente las palabras del Príncipe de Dinamarca se preguntaba cómo era posible que todo sonara tan actual, vigente y robusto, tan apropiado al apocalipsis que parecía cernirse afuera:

"(...) ¿Es más noble sufrir calladamente / los golpes y flechas de una suerte indigna, / o alzarse en armas contra un mar de adversidades, / y eliminarlas combatiendo? Morir, dormir: nada más... / Y si durmiendo se borran todos los males del corazón / y los estigmas heredados por la carne, / ¿qué desenlace no puede ser más deseado? / (...) / Porque éste es el obstáculo: no saber / qué sueños acompañarán al sueño eterno / una vez liberados de esta piel mortal / es lo que nos frena y haga que concedamos / tan larga vida a las calamidades. / ¿Porqué aguantar sino el escarnio de este tiempo, / el yugo de los opresores, el agravio de los soberbios, / el amor burlado, la lentitud de la justicia / el orgullo de quien tiene un cargo / o el desdén de los ineptos por el mérito paciente (...)? / ¿Quién arrastraría el peso de tan pesado fardo / de una vida de sudores y plañideras, / si no fuese por el temor de alguna cosa / más allá de la muerte, aquél país inexplorado del cual / no vuelve nunca ningún viajero (...)? (3)

Mecido por el verso y entre el polvo que levantaban los actores (el suelo era... ¡de albero!), A. fijó la vista en la clave de los arcos medievales, tan tendidos que desafiaban casi a la ley de la gravedad -desde luego a las técnicas de su época- y pensó que ya se encontraban allí, imperturbables y antes, mucho antes incluso de W.Sh.

3. Digital y artesano

Llevaba varios años A. viviendo con su familia en uno de aquellos pisos que sólo se podían encontrar en esa su ciudad adoptiva: baldosas hidráulicas con dibujos inverosímiles, techos altísimos y artesonados, unas galería, vidrios de plomo en cada ventana. Se trataba de un caserón destartalado y enorme que se resistían a abandonar, a pesar de sus incomodidades, porque los niños crecían y corrían en él libres y felices, quizás también porque la vida en común estaba ya inseparablemente asociada a esas paredes. Un día después del teatro se fijó A. en uno de esos vidrios de plomo: seguro que no cumplía ningún requerimiento técnico de los actuales, que dejaba pasar el frío y el ruido, pero el caso es que ese humilde material, rugoso e irregular y que, como en el callejón de los espejos, deformaba la vista de la calle tras él, debía llevar ahí al menos 100 años; ¿porqué este vértigo, esta velocidad -se decía-, si esta frágil insignificancia ha superado una guerra, una posguerra, dos dictaduras -una de ellas de 40 años-, tantas cosas...?

En su trabajo, y por circunstancias que no vienen al caso, el arquitecto A. se había quedado desfasado -a pesar de no ser mayor, aunque tampoco, ya, joven- de ciertas técnicas de dibujo asistido que, perplejo, veía manejar a sus alumnos con increíble soltura. No es que denostara (como sí hacían algunos compañeros) las técnicas modernas, sus aplicaciones y potencial: al contrario, se consideraba bastante pionero en la gestión digital de la información y en trabajar casi sin papeles. Pero A. dibujaba a mano, a mano y a escala, en un proceso iterativo de ida y vuelta entre su tablero de dibujo y el ordenador de sus compañeros más jóvenes; hacía tiempo que estaba convencido que esto, que comenzó como una limitación, era ahora una virtud, pues le impedía generar documentos más deprisa de lo que su mente y el proyecto buenamente permitían. Tan convencido estaba, que colgó como máxima bajo puerta de su estudio (artesano y digital) el lema de Aldo Manuzio Festina Lente (Apresúrate despacio, o cómo lo importante es la velocidad de reacción, y no vivir acelerado), e hizo suya las insignias que lo simbolizaban: el ancla y el delfín, o el cangrejo y la mariposa. ¡Qué gran paradoja!, que al final lo más rabiosamente moderno acabe provocando una Vuelta a la artesanía.


4. El príncipe de Salina

Fue también por entonces cuando cayó en sus manos, en una de estas ediciones paupérrimas de películas clásicas que regalan los diarios, una adaptación al cine de Visconti sobre El Gatopardo; el libro seminal de Lampedusa lo había comprado A. tiempo atrás, en un precioso volumen de cubierta naranja, en una librería de Palermo; había llegado a leer algo, pero al poco tiempo -descubiertas las limitaciones de su italiano, sobre el que había pecado de demasiado optimista- lo había acabado archivando en su biblioteca, en esa estantería donde sólo cabían los libros que sabía que contenían tesoros y que habría que retomar más tarde. Gracias a Visconti, el arquitecto retomó el Gatopardo; como ya le ocurrió al escuchar al Príncipe de Dinamarca, no pudo sino sorprenderse al leer las palabras de Fabrizio, Príncipe de Salina, tratando de explicar a un piemontés la esencia del alma siciliana, el porqué de ese "algo debe de cambiar para que todo siga igual":

Chevalley [el piemontés]: "Este estado de las cosas no durará; nuestra administración, nueva, ágil, moderna, cambiará todo".

Fabrizio Salina: "Todo esto no debiera poder durar; pero durará, y siempre; el siempre humano, bien entendido, un siglo, dos siglos...; y después será diferente, pero peor. Nosotros fuimos los gatopardos, los leones; los que nos sustituyan serán los chacales, las hienas; y todos ellos, gatopardos chacales y ovejas, continaremos creyéndonos la sal de la tierra" (4).

¿Cuál debe de ser nuestro tiempo, cómo de rápida nuestra velocidad? se decía -algo angustiado- A. ¿La del Príncipe de Salina, la del de Dinamarca? O, en cambio ¿el vértigo que le imponían desde fuera y que le abotaba la mente? O quizás... ¿la de esas arquitecturas no por habituales y modestas menos permanentes que ahora había aprendido a observar? Aún confuso, pero intuyendo cuál era la respuesta, A. cogió su lápiz, dibujó: justo a la velocidad que le mandaba su mente; es decir, lento. Aunque no debía salir tarde: a la mañana siguiente le esperaba el mercado, y las espinacas llenas de tierra.

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. Notas 1 y 2: Martí Arís, Carlos: "Tres paseos por las afueras". Publicacions de la Universitat Rovira i Virgili. Tarragona, 2008. Págs. 13 a 17.
. Nota 3: Acto 3º, escena 1, traducido y subrayado libremente sobre una versión en catalán de Joan Sellent para la compañía La Perla 29. Barcelona, 2009. Pág. 37.
. Nota 4: Traducido y subrayado, también libremente, de la página 185 de: Lampedusa, Guisepe Tomasi: "Il gatopardo" (conforme al manuscrito de 1957). Feltrinelli. Milán, 2002.


Calle con mercado, el príncipe de Lampedusa, el príncipe de Dinamarca (montaje AM, Verano10)
 

Un huerto en una autopista    Imprimir

Martes 15 de Junio de 2010
Publicado en: Actualidad

Estupendo artículo (leer versión digital) del amigo Jacobo Armero (ver su blog Emetreinta, su otro blog Zona Levante Almeriense) para el suplemento Babelia de El País del 29 de Mayo de 2010, donde además tiene la amabilidad de citarme a raíz del parque lineal High Line en NYC.

Relacionado con esto:
. Devolver la naturaleza a la ciudad (post).
. Parques agrarios metropolitanos (post).
. Las escalas del espacio libre (Línea de investigación).
. Territorios fibrosos (post en el blog de Federico García Barba)


Hidetoshi Ohno: proyecto FiberCity para Tokio. Fuente: elpais.com
 

Estudio, distribución    Imprimir

Martes 1 de Junio de 2010
Publicado en: En proceso

(Continuación a Plano de distribución)

Ver también: ubicación, interior, equipo.


Distribución de la 4ª planta de la antigua Fonda Rius (Croquis AM, Primavera 10)