Manualidades    Imprimir

Lunes 23 de Abril de 2012
Publicado en: Oficio

(En el día de St. Jordi 2012; continuación a Sobre el sentir artesanal en arquitectura; sigue en La carta)


HM, fotografiado en 1952 por Hélène Adant (Rafo / Contacto)
 

Mis alumnos    Imprimir

Lunes 30 de Enero de 2012
Publicado en: Pedagogía

(Continuación a Los mejores, sigue en La toma de datos)

No creo que existan muchas ocupaciones en este mundo que hagan sentir el paso del tiempo de la manera en que lo vive un profesor: mientras uno va acumulando años (primero llegaron los 40; más tarde, en un suma y sigue imparable, los 41, 42, y 43; pronto, los 44), ellos —los alumnos— siguen cómodamente instalados, año tras año, en la dulce juventud de los 21 ó 22, a lo sumo 25. A veces me pregunto si los maestros de antes (esos que seguían a los alumnos a lo largo de todos sus cursos escolares) se ahorraban esta extraña sensación. Cuando comencé a dar clase (tampoco tan joven: fue en la treintena) muchos días entraba en el aula y tendía más a sentarme en sus filas de sillas que a subirme al estrado, tan reciente tenía el recuerdo de los días de estudiante; esto, que ahora ya no me pasa, se ha visto sustituido por la gozosa sensación —de la cual era menos consciente al principio— del intercambio del acto pedagógico.

Recuerda Steiner cómo Nadia Boulanger, eminente maestra franco-americana de los mejores músicos contemporáneos, decía sentir que "(...) el profesor no es más que el humus del suelo, [pues] cuanto más enseña uno más se mantiene en contacto con la vida y sus resultados positivos, [y que] considerándolo todo, a veces me pregunto si el profesor no es el verdadero alumno y beneficiario". Es ésta una idea interesante, porque demuestra que, tomado el asunto por su lado bueno, se le puede dar la vuelta como a un calcetín y convertir ese riesgo de envejecimiento imparable en su contrario, que sería algo parecido al eterno rejuvenecimiento intelectual. Con ella estaría seguro de acuerdo el amigo Santi de Molina, para quien el buen profesor, una vez ha logrado que su alumno alcance el ritmo de crucero en su trabajo, debe retirarse a un segundo plano y empezar él mismo a aprender a través de la experiencia del otro.

Yo iría aún más lejos, y así se lo propuse a mis alumnos, hace dos semanas, en la sesión de cierre del cuatrimestre de otoño 2011: en una asignatura como la nuestra (proyectos arquitectónicos) lo que debería ocupar al profesor es embarcarse, a la vez que ellos, en proyectar el mismo ejercicio que les ha pedido; esto llevaría a unas sesiones de crítica recíproca de lo más jugosas, puesto que (además de la crítica de profesor a alumno que ya hacemos) ellos se verían obligados a derribar con argumentos creíbles nuestro propio trabajo cuando lo expusiéramos sobre el estrado. ¡Interesante experimento!, aunque, me temo, para poner en práctica —dada la triste realidad de nuestros contratos y sueldos— en otro tiempo y otro país.

Solía explicar Moneo, y le apoyaba en ello Miralles, que lo más interesante de la enseñanza de los proyectos era convertirlo en un auténtico cuerpo a cuerpo, en el que nadie sabe más que el otro, y los dos —profesor y alumno— se enfrentan desde un mismo nivel: es así como se puede convertir en un verdadero ejercicio socrático de diálogo y de crítica pura. Porque de esto (y no de otra cosa, pues, aunque importantísimo, es distracción todo lo demás; ¿no ver la relación entre esfuerzo y resultado?: se tenía que haber inculcado en la escuela primaria; ¿no entender la importancia de dibujar bien?: un fracaso de los primeros cursos universitarios) es de lo que tienen que estar hechos, pedagógicamente, estos talleres de la segunda parte de la carrera.

Defiende también Steiner que el contacto personal, cara a cara, entre profesor y alumnos es inherente al hecho pedagógico; no hay, para él, sustituto posible, y el entusiasmo excesivo por métodos alternativos de aprendizaje (el contacto on-line o la formación remota) corre siempre el riesgo de convertirse en mera excusa para evitar los riesgos que conlleva el enfrentamiento personal (y que siempre existen: muchas veces se acaba en sonoro fracaso). Ah, pero... perdónenme: había olvidado que de pedagogía no interesa hablar hoy a casi nadie. Menos aún a los arquitectos, ocupados como estamos en lamernos las heridas, y preguntarnos qué es lo que ha pasado para que todo acabe tan mal; tampoco, desde luego, a los profesores de universidad, entretenidos como nos mantenemos en coleccionar publicaciones y puntos para luego ser evaluados por las agencias de calidad universitaria.

Notas:

. Nota 1: los apuntes de Steiner están tomados del libro “Lecciones de los maestros”, del que también hablé en el post Tras los pasos de Josef K..

. Nota 2: el ejercicio desarrollado este cuatrimestre pasado en nuestro Taller TapD de la ETSAV proponía la reconversión en edificio de viviendas de una antigua central telefónica en desuso en la Vía Augusta construida por Francesc Mitjans en 1974. Como experimento pedagógico ha sido un éxito contundente del grupo (aparte de la experiencia individual de cada uno, en la que, como siempre, acaba habiendo tanto triunfadores como heridos o víctimas) y ha permitido, una vez más, comprobar cómo de enunciados aparentemente extraños se pueden extraer ejercicios de arquitectura pura y dura. Es mérito del coordinador de la asignatura, PFuertes, el haber insistido en que un ejercicio de Re-habitar podía dar lugar a un buen taller de 2º ciclo, cuando a mí me parecía más de 3r. ciclo o posgrado.


Algunos de los trabajos de los alumnos del TapD de la ETSAV, cuatrimestre Otoño 11-12 (foto AM)