Tajamar    Imprimir

Viernes 21 de Diciembre de 2012
Publicado en: La vida que pasa

(Continuación a A 7 metros bajo el nivel del mar, sigue en En la cueva de arena)

Tajamar. 1. m. Arq.: "Parte de fábrica que se adiciona a las pilas de los puentes, aguas arriba y aguas abajo, en forma curva o angular, de manera que pueda cortar el agua de la corriente y repartirla con igualdad por ambos lados de aquellas." (RAE, 22ª edición, 2001)


Los tajamares -aguas arriba- del puente romano de Córdoba, fotografiados en Nov2012 (FotoAM)
 

Los trenes de vuelta    Imprimir

Domingo 2 de Diciembre de 2012
Publicado en: También de letras

(Continuación a Tras los pasos de Josef K., sigue en Al retirar los andamios)

"El tiempo dispone, de esta manera, de trenes exprés y especiales que llevan rápido a una vejez prematura. Aunque sobre la via paralela circulan también, casi igual de veloces, los trenes de vuelta". (Marcel Proust) *

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El otoño ha sido tan intenso, cargado de trabajo, y políticamente movido, que no he tenido materialmente tiempo hasta ahora (entrado ya diciembre, a las puertas del invierno) de cumplir con una tradición establecida aquí desde hace años: compartir las lecturas que me ocuparon durante el verano. Antes de hacerlo, debo plantear dos advertencias. La primera, que ninguno de los tres libros de aquí abajo los he leído completos. Bueno, sí Las Crónicas Marcianas, acabadas hace muy poco; evidentemente no Antagonía, auténtica mole de papel, imponente en su peso, tamaño y duración; tampoco, ¡glups!, En busca del tiempo perdido, en la que me he permitido (profanando los cinco volúmenes intermedios) saltar directamente de Por el lado de Swann, acabado hace unos años, a este El tiempo recobrado de este verano. Lamento esta vena de lector irreverente y heterodoxo de la que, lo aseguro, no estoy nada orgulloso. La segunda advertencia es que, ¡atención!, a continuación siguen varios spoilers que desvelan por completo el final de En busca del tiempo.... Es decir que, si tienes las energías para proponerte abordarlo, no debieras seguir ahora leyendo, y que lo que sigue es para quienes lo hayan ya leído entero o... no lo leerán nunca.

Pero vamos a ver, Marcel, tío: ¿cómo que hay trenes de vuelta en los que podemos subirnos para revertir el paso del tiempo? Si te he entendido bien, eso es precisamente lo que nos prometes en esa frase, eso es lo que siempre se ha contado de tu obra, y eso es, precisamente, lo que me causó la impaciencia para saltar los cinco libros intermedios; aunque, probablemente, en este pecado he tenido mi penitencia. Nos narcotizas durante miles de páginas con tu francés envolvente, con tu estilo asmático de frases sin fin, que abarcan sin respiro ni punto y aparte capítulos enteros; nos entretienes con tu fauna parisina decimonónica, nos desvelas sus (y tus) bajas pasiones; nos mantienes en intriga hasta el final, conservando la ilusión de que nos desvelarás, por fin, que has encontrado la pócima (que podremos aplicar), o la estación en que para ese tren de vuelta (al que podremos subir) para... ¿para acabar así? Tras los efluvios de las madalenas, el tintinear de la cuchara que cae al suelo, el tacto del algodón en la servilleta doblada, o ese último (y determinante) traspié en un escalón de entrada a la reunión en un salón de los Campos Elíseos, que te recuerda al que tuviste en la puerta de la Basílica de San Marcos... y, cuando (en la última página) por fin acabas de entenderlo todo, de encajar el puzle, te miras las piernas, y ves que ya están demasiado arqueadas para pegar el salto del andén al tren; te observas al espejo, y ¿concluyes que las arrugas y la fatiga son demasiadas como para emprender esa escritura redentora que nos has anunciado desde el principio?

Quedé tan trastornado con el final de El tiempo recobrado que debí recurrir enseguida a lo que (según Ignacio Echevarría, según Vargas Llosa) era su mejor sucedáneo: la Antagonía de Luis Goytisolo (LG). Un libro que me acompaña despacio, aunque infatigablemente, en este otoño convulso; por ello, precisamente, me veo incapaz aún de anunciar si Raúl Ferrer Gaminde (RFG, trasunto del propio LG; casi primo hermano, aunque en catalán y en los ’60, del protagonista de Proust), logra, él sí y a través de la escritura (el último volumen es una vuelta de tuerca que ni siquiera Proust intentó: la propia novela escrita por RFG) esa redención tan deseada. Sí puedo avanzar, en cambio, que encuentro a LG uno de los grandes escritores españoles del XX (sorprendetemente infravalorado y desconocido, a la estela de su mucho más apagado hermano Juan) y a Antagonía la gran novela sobre Cataluña que tenía pendiente encontrar. Sobre Cataluña, y fundamentalmente sobre Barcelona, y ésta que sigue (con los topónimos aún de los ‘60) la mejor descripción de mi ciudad que yo haya leído:

(...) Nuria se cogió a su brazo, los dos parados ante la baranda metálica (...), dominando la ciudad entera, tentadora, tendida, abierta hasta perderse en un acabamiento brumoso (...). Al fondo, a partir del puerto, se distinguían los campanarios góticos del casco antiguo, intrincado y prieto, y circundándolo la cuadrícula del Ensanche (...) que, ciudad arriba, se prolongaba hasta los barrios residenciales, San Gervasio, Bonanova, Sarrià, Pedralbes, ya en las laderas sequizas, y a los lados quedaba bloqueado por los núcleos y las barriadas populares, la Barceloneta, Pueblo Nuevo, San Adrián, San Martín, La Sagrera, Santa Coloma, El Clot, San Andrés, Horta, Collblanch, Sants, Hostafranchs, Hospitalet, El Port, Casa Antúnez, distritos proletarios, el cinturón rojo de revueltos humos industriales.

(...) Cuando Nuria sacó fotografías de la ciudad, sus cabellos al viento, una ciudad chata, cuadriculada, compartimentada, yuxtapuesta, superpuesta, anárquica, inestructurada, inmensa, sumida en una bruma baja embebida por el sol, extendida al pie de las colinas, el Turó de la Peira, la Montaña Pelada, el Monte Carmelo, colinas desnudas, colladas hacia el Besós como estribaciones del Tibidabo, a la izquierda, y a la derecha Vallvidrera, San Pedro Mártir, lomas en descenso sobre el llano del Llobregat. Y frente por frente, descollando por encima del puerto, por encima de la neblina de brillo salino, Montjuich, penetrando en la ciudad como un cabo acantilado; Montjuich, con su Morrot, sus cimas y simas, ahí, monte de los judíos, con sus canteras y losas, sus fosos y fosas, sus parques y descampados, sus barracas de hojalata y sus palacios artificiales, un monte ahora desvaído, a contrasol, penetrando como un morro amoratado.” **

¡Preciosa descripción geográfico-enumerativa! Aunque, como ya contaba antes del verano, no van a ser ni Proust ni Goytisolo, sino Bradbury el que tenga razón: porque se debe “(...) escribir sólo lo que a uno le divierta. Escribir sobre cosas que uno odia y ama. Escribir sobre cualquier vieja historia que a uno le venga en gana”. Dedicarnos más a lo que nos divierte que a lo que nos inquieta puesto que, como bien comprobaron el Capitán Williams y el resto de su tripulación de la segunda expedición a Marte ***, todo, al final y después de un largo viaje, acaba siendo una pesada broma: por mucho que ellos se lo expliquen a los marcianos (“Earth. Rocket. Man. Ship. Space”), éstos, tomándoles por locos, nunca les creerán y los encerrarán para siempre, como ya hicieron con los de la primera expedición. O que (como muestra la ilustración de José Manuel Ballester para la portada de Antagonía), en la sala de Las Meninas, tras todos los ensayos de geometría imposible llevados a cabo por parte de Velázquez, tras nuestros esfuerzos por entender sus ensayos y pensar que esa geometría era viable, resulta que: ni existe Velázquez, ni estaban en la sala las meninas, el perro, la enana, la monja, o los reyes; sólo el lienzo, la luz lateral, el espejo, y (sobre todo) la puerta que, al fondo y con seis escalones, nos lleva ¿adónde?

* "Le temps retrouvé", en Éditions Gallimard. París, 1992. pág. 237.
** "Antagonía", en Editorial Anagrama. Barcelona, 2012. Págs. 94-95.
*** "The Earth Men", dentro de The Martian Chronicles, en Harper Collins. Londres, 2008. Pág. 33.


Las tres lecturas del pasado verano, reseñadas con 4 meses de retraso (montaje: AM, dic12)
 

La vida de los edificios    Imprimir

Miercoles 14 de Noviembre de 2012
Publicado en: Una nueva pedagogía

(Continuación a San Baudelio)


Superposición de romano, musulmán y gótico en la quibla de Córdoba (Foto AM, nov12)
 

Con España en la retina    Imprimir

Miercoles 31 de Octubre de 2012
Publicado en: La vida que pasa

(Continuación a ¿Tiene Madrid un skyline?, sigue en Desde lo alto del Singuerlín)

¡Cómo ha cambiado España en los últimos 40 años! Quien no lo quiera ver es que no tiene ojos, o —peor aún— memoria. Conviene recordar esto ahora que parece que el país, en todos los sentidos, se va a pique. El curso pasado estuve involucrado en un interesantísimo proyecto de investigación promovido por la Fundación Universidad Autónoma de Madrid. El proyecto (Archivo de la Memoria Geográfica) trata de reproducir ahora algunas de las tomas de paisajes comprendidos en los fondos fotográficos de conocidos geógrafos o urbanistas que trabajaron en nuestro país a mediados del siglo pasado, siendo su objetivo doble: el primero, identificar y realzar cuál era la metodología propia a cada uno de esos autores originales, cuál su intención al enmarcar y fotografiar aquellos paisajes de una manera y en un momento determindados; y el segundo, entablar un estudio comparado entre la toma original y la contemporánea, con tal de poder valorar cuánto han cambiado esos entornos.

Y, efectivamente: ¡cuánto han cambiado! A mí me tocó trabajar con paisajes urbanos, y, en particular, con los de las periferias de Madrid. Y tomando como base el archivo del urbanista José Martínez Sarandeses (a la sazón, mi propio y difunto padre). Una de las directoras del proyecto sugiere que aquellos barrios nuestros de finales de los ’60 no son tan diferentes a lo que hoy se puede encontrar a las afueras de las grandes ciudades chinas; aunque no tengo la suerte de conocerlas in-situ (a las ciudades chinas, ni de entonces ni de ahora) estoy seguro de que no le falta razón.

Los paisajes urbanos que retrataba Sarandeses en los ’60 nos muestran enormes polígonos de bloques en construcción, según los planteamientos más ortodoxos del planeamiento moderno, pero sobre un país de cabras... que hoy ya no es tal: donde allí no había más que barrizales y charcos, hoy encontramos entornos muy verdes y consolidados en su urbanización; donde había esqueletos de hormigón sin acabar, hoy vemos bloques con 40 años de edad, que a pesar de sus achaques han envejecido con una envidiable naturalidad; y por donde en esos años circulaban minúsculos Seat 600 o incluso viejos Citroën de antes de la guerra, hoy lo hacen híbridos de Toyota u Honda.

Hasta qué punto de ese pasado precario podremos volver a retroceder ahora, es toda una incógnita: esperemos que no demasiado atrás. Lo que sí es necesario es, de vez en cuando y en medio del fragor cotidiano, hacer un pequeño ejercicio de memoria retrospectiva. Porque, además (y en uno de esos curiosos bucles —ni buscados ni queridos— que cierran en el campo profesional un círculo que comenzó en el personal) sirve para recapitular un poco la historia íntima de cada uno: no en vano, los que entonces nos sentábamos en las filas traseras de esos Seat, mientras nuestros padres hacían las fotografías, somos hoy los que conducimos el coche, con los críos detrás.

(Gracias a MaríaC, MarcosM, JosefinaG, ConchaS y ÁngelaG por ayudarme a localizar varios de los emplazamientos, algunos a primera vista imposibles de reconocer)


La Ciudad de los Periodistas de Madrid, en 1969 y 2012 (por JMS y AM)
 

Dentro de una bandera de roca, tela y cristal    Imprimir

Domingo 14 de Octubre de 2012
Publicado en: En proceso

(Continuación a Charla en la ETSAM)

He oído explicar el Pabellón de Alemania en Barcelona de muchas maneras diferentes. Todas interesantes, algunas más viables que otras, ninguna equivocada del todo: la complejidad de la obra iniciática de Mies van der Rohe es tal que propablemente las acepte todas ellas, incluso de forma simultánea.

Desde asociarlo a El horror cristalizado (así lo llamó Josep Quetglas); pasando por una reinterpretación hipermoderna y deformada del templo clásico (con su propio estilobato, períbolo y entablamento); siguiendo por la insistente vinculación que en torno a él se ha hecho con la pintura de las primeras vanguardias neoplasticistas (Van Doesburg y demás artistas de De Stijl); sin olvidar lo que tiene de alusión a los tres elementos en planta de la domus grecorromana (las fauces, el atrio y el peristilo)... Todo ello (pensamos juntos mis alumnos del CASB —a quienes lo acabo de proponer como ejercicio— y yo) sin duda cierto, pero aún incompleto respecto a lo que de verdad me parece que perseguía Mies.

Porque el pequeño pabellón de la falda norte de Montjuïc es, y significa, mucho más. La clave se la oí contar, allá por el lejano principio de los ’90 y en una clase vespertina de la ETSAM, al profesor Paco Alonso (PA). ¡Ay, el inefable Paco Alonso! Un personaje tan singular que, como bien apuntaba un día S. de Molina, ha conseguido llegar a la jubilación sin dejar de ser una eterna promesa. Ya fuera por suerte o prudencia, limité mi contacto como estudiante con PA (al contrario de lo que hicieron varios amigos, a los que hubo que rescatar de su influencia —demostrada a la larga como nefasta—) a un solo curso de proyectos.

Un curso, eso sí, en que él (con sus pelos, sus clases de 1/2 hora antes de que cerraran la escuela, sus extravagancias sin venir a cuento) nos mostró cómo distinguir lo importante de lo trivial, nos levantó un ánimo sepultado por 5 años de talleres inútiles y desmotivadores. Podría decir que PA me lo enseñó todo... si no fuera porque el resto de lo que de verdad importa me lo acaba de enseñar hace bien poco (con motivo de mi tesis doctoral) Carles Martí. Si de verdad existe la figura del maestro (Steiner defiende que seguro que sí: otra cosa es que lo sepamos encontrar) Carlos es sin duda el mío, y además uno encontrado tardíamente, cuando ya no se espera tener esa suerte ¡vaya lujo! Eso no quita que sienta por PA el cariño por las primeras revelaciones, aquéllas que hacen dudar si las cosas verdaderamente son tal y como nos las han contado. Además, yo de mayor quiero, como él, jubilarme sin dejar de ser eterna promesa, ¡claro que sí! Aunque, bien pensado, creo que debo empezar a elegir. Porque querer ser a la vez (que yo recuerde) como Ramón Gaya, Pepe Llinàs, León Tolstoi, y ahora PA, va a resultar difícil.

Bueno, a lo que iba, que me disperso. El profesor Alonso explicaba que la verdadera clave del Pabellón había que buscarla en los colores que envuelven a la sala principal, ésa donde se encuentran los muebles de cuero blanco de la serie Barcelona: a la izquierda, según se entra, un gran muro de ónice dorado, cuyas piezas justifican con su tamaño (el máximo a que se puede cortar sin que se rompa ese mármol precioso) la altura exacta del conjunto del edificio; bajo nuestros pies, la lana negra y de nudo grueso de la alfombra que, con 2/3 del ancho del ónice, llega hasta la cristalera; a nuestra derecha, y protegiendo al ventanal, una gran cortina de color vino: puede quedar —cuando replegada— casi invisible en un rincón, o bien —cuando corrida— cubriendo todo el ancho de la alfombra.

¿Adivináis qué bandera está hecha de los colores amarillo, negro y rojo? Sí, ésa exactamente: la de Alemania, país al que representaba el pabellón. Sencillo, ¿verdad? Pues debo decir que, después esa tarde lejana en la ETSAM, yo no he oído ni leído a nadie defender una sola vez cosa tan evidente. A veces la doy por tan indiscutible, que debo de tener cuidado en no contar el hallazgo como si fuera propio. Y no una bandera cualquiera, sino una tridimensional, en la que uno se puede meter dentro; una que, además y como si esto fuera poco, cambia —al correrse y descorrerse la cortina— con el tiempo: puro espacio cubista llevado a la arquitectura, mucho mejor y más complejo que una composición de Van Doesburg, ¿no creéis? ¿Se puede pedir más a un minúsculo pabellón (además efímero) hecho de un podio de travertino, 8 columnas de acero, y 6 muros de mármol que se pliegan sobre sí mismos?


Cortina, alfombra y ónice en la reconstrucción del pabellón alemán de Montjuïc (fotoAM, Otoño12)
 

La carta    Imprimir

Domingo 30 de Septiembre de 2012
Publicado en: Sobre el oficio

(Continuación a Manualidades, sigue en Aquí dibujamos a mano)


JVermeer: "Muchacha leyendo una carta", 1664 (Rijksmuseum, the Masterpieces; fotoAM, ago12)
 

Profesor visitante en el CASB    Imprimir

Lunes 10 de Septiembre de 2012
Publicado en: Actualidad

(Continuación a Conferencia en Sevilla)

En el cuatrimestre de Otoño 2012, que ahora comienza, he sido invitado a ejercer como profesor visitante en el Consortium for Advanced Studies in Barcelona (CASB). El CASB es una iniciativa de colaboración desarrollada por ocho de las universidades norteamericanas más reconocidas (pertenecientes a la Ivy League y a su lista ampliada, Ivy Plus) que ofrece a sus estudiantes la posibilidad de cursar su "year abroad" en las cuatro universidades públicas de Barcelona (el llamado Barcelona Group).

Las universidades norteamericanas que forman el consorcio son:

. Brown University (Providence, RI)
. University of Chicago (Chicago, IL)
. Northwestern University (Evanston, IL)
. Stanford University (Stanford, CA)
. Columbia University (NYC, NY)
. Cornell University (Ithaca, NY)
. Harvard University (Cambridge, MA)
. Princeton University (Princeton, NJ)

Las que, por su lado, forman parte del Barcelona Group:

. Universitat de Barcelona (UB)
. Universitat Pompeu Fabra (UPF)
. Universitat Autònoma de Barcelona (UAB)
. Universitat Politècnica de Catalunya (UPC)

Esta oportunidad (por la que estoy muy agradecido a quienes la han hecho posible) es, además de un gran reto dado el nivel de los estudiantes, el cumplimiento de una vieja aspiración pedagógica: enseñar arquitectura a no arquitectos; un campo en el que, creo, queda casi todo por hacer. ¡Deseadme suerte!

(Ver secciones dedicadas al CASB en la web de Brown, de Chicago, de Nortwestern, de Stanford, de Columbia, de Cornell, de Harvard, y de Princeton).

 

A 7 metros bajo el nivel del mar    Imprimir

Lunes 27 de Agosto de 2012
Publicado en: En proceso

(Continuación a Contar, sigue en Tajamar)


Paseo en bici por el dique oeste de Flevoland (exactamente, aquí; foto AM, ago12)
 

El nuevo arquitecto    Imprimir

Lunes 2 de Julio de 2012
Publicado en: Sobre el oficio

(Continuación a Arquitectos, el ocaso de una profesión, sigue en El drama social de los arquitectos)

En lo disciplinar, el nuevo modelo de profesional que debemos formular ya no podrá limitar durante más tiempo su campo de acción a los edificios. Deberá de ocuparse de temas que, hasta ahora, le había resultado algo tangenciales, como son el diseño urbano o el paisaje. El primero —diseño urbano— porque el ámbito principal de sus actuaciones será ahora la ciudad consolidada (entendido esto en el sentido más amplio del término, que no lo limita al casco histórico), lo que provoca que cualquier intervención que construya en su seno dote al proyecto de una capacidad de transformación, aunque sea mínima, sobre el tejido urbano. El segundo —el paisaje— porque hace tiempo que quedó diluida la barrera entre lo que es urbano y territorial: por ello se deberá ocupar tanto de prolongar los ejes verdes urbanos hasta que queden conectados con los corredores naturales metropolitanos (por un lado), como de tratar (por otro) de reintroducir la naturaleza en la ciudad, utilizando para ello lugares hasta ahora desaprovechados, el más pequeño intersticio si hiciera falta; prestará especial atención a la integración de la vegetación en los edificios (en medianeras, cubiertas, o fachadas), intervenciones todas ellas que requieren de precisos conocimientos constructivos.

Por este enfoque transversal que le es específico, será requerido para trabajar en equipos multidisciplinares junto a biólogos, geógrafos, ecólogos, sociólogos o ingenieros. Esto no querrá decir, está claro, que descuide su vertiente más tradicional (la búsqueda de soluciones contemporáneas para todas las caras del habitar —lugares para vivir, trabajar, intercambiar mercancías o conocimientos—), aunque sí hará el esfuerzo de volver a enunciar el problema bajo el signo del estudio tipológico: huirá de buscar soluciones originales, que resultarán inevitablemente caducas con el tiempo, y se centrará en perfeccionar modelos (siempre inscritos dentro de una corriente colectiva, nunca individuales) que resulten a la vez repetibles y modificables, y por tanto capaces de generar, por adición, un trozo de ciudad.

En lo metodológico, el trabajo del nuevo arquitecto girará en torno a lo aprendido sobre la lógica intrínseca del proceso proyectual, en el cual habrán quedado claramente pautadas sus fases y métodos. Pues "(...) la construcción del proyecto es un proceso que tiene un carácter no lineal, sino circular o en espiral, que va incorporando y verificando hipótesis para su rectificación, a la luz de nuevas consideraciones. La introducción de [sucesivas] 'capas' de razonamiento (...) obliga a ajustar la configuración anterior, y así sucesivamente, en un conjunto de hipótesis rectificadas y rectificables hasta la detención del proceso de proyectación" (Antonio Font). No hará caso de quien, por falta de conocimiento, le indique que en su campo —que queda a mitad de camino entre lo intuitivo y lo científico— nada es objetivable: no sólo es extensa la bibliografía de quienes (arquitectos o no) se han ocupado de demostrar lo contrario (ver Popper, K: "Objective Knowledge"), sino que existen en otras áreas de conocimiento sub-disciplinas que se ocupan exclusivamente de analizar no el qué, sino el cómo (es decir, los procedimientos, como es el caso del Derecho Procesal). Recordará las enseñanzas que, al respecto, le ayudaron a aplicar sobre su propio trabajo los buenos profesores de proyectos, si es que tuvo la suerte de cruzarse con alguno de ellos.

En lo ético, deberá establecer para su trayectoria un punto de equilibro que, a la vez que se distancia de los excesos de ego de épocas pasadas (en que cada uno se creía capaz de soluciones únicas que no pasaban de ingeniosas), no renuncie a lo que de artístico y vocacional tiene su profesión. Sólo podrá llegar a esto desde un riguroso conocimiento de las técnicas (gráficas, constructivas, estructurales) y de la armadura teórica que son propias a su disciplina, y, sobre todo, desde una profunda humildad en su acción: no será capaz de crear si no es desde una actitud a la vez modesta y honesta, y no deberá caer en la tentación fácil de que la estética emborrone su ética.

En lo práctico, deberá dotarse de imaginanción para reinventar un nuevo modelo de negocio, lejos del que predominó durante tanto tiempo (el estudio de arquitectura), ahora ya económica y disciplinarmente inviable. Igual que quien practica la medicina es consciente de que la gente seguirá enfermando, él o ella sabrán ver que la arquitectura, a la larga, no es algo prescindible para la sociedad; siempre habrá, al menos, unas ruinas que apuntalar. De los médicos aprenderá también que su disciplina se puede, y se debe, convertir en objeto de investigación. Si ellos —los médicos— ejercen la profesión en hospitales universitarios, nosotros —los arquitectos— debemos hacerlo en entidades que (aunque de nombre aún desconocido y con todo por inventar) hagan lo mismo: ser un lugar que, a la vez que presta un servicio necesario a la sociedad, nutra a la universidad de material para avanzar en el conocimiento, y lo organice bajo los parámetros de la investigación aplicada. También habrá aprendido que, como colectivo, nada se puede hacer si no es con una presencia corporativa eficaz y continua; por eso colaborará para mejorar esta presencia en las entidades que le representen (las que se deriven —también con todo por inventar— de los fracasados colegios profesionales) e intervendrá para evitar que se distraigan de su objetivo principal, que no es otro que servir a los intereses de la profesión, y por extensión, a los de la sociedad.


Otras aportaciones sobre el mismo tema (la fecha alude al momento en que se ha añadido a este listado):
➞ 02Jul12: Incertidumbres y futuro del arquitecto (Santiago de Molina, en La Ciudad Viva).
➞ 02Jul12: Reflexiones tras el Laboratorio de ideas del COAG (Miguel Villegas, en Arquitextónica).
➞ 02Jul12: Mr. X Strikes Back (José Mª. Echarte, en N+1).
➞ 03Jul12: Los arquitectos debemos abandonar nuestra zona de confort (Daniel Ayala, en su web).
➞ 03Jul12: Estado de pánico (Fredy Massad, en ABC).
➞ 04Jul12: Laboratorio de ideas del COAG (VV.AA., en su web).
➞ 04Jul12: El arquitecto ha muerto (Juli Capella, en El Periódico).
➞ 16Jul12: Sobre las jornadas del Laboratorio de Ideas (Jesús A. Izquierdo, en su web).
➞ 16Jul12: Qué aporta un arquitecto a la sociedad actual, 1/4 (Stepien&Barnó, en su web).
➞ 27Jul12: Arch Exodus: a flurried postcard from Barcelona (MBallesteros, en Architectureau.com).

 

Conferencia en Sevilla    Imprimir

Lunes 11 de Junio de 2012
Publicado en: Actualidad

(Continuación a Reseña de la Guía de espacios públicos, sigue en Profesor visitante en el CASB)

Mañana, martes 12 de junio de 2012, estaré dando una charla en el Instituto Andaluz de Administración Pública (IAAP). La conferencia, que tiene por título Paisaje urbano y espacio libre, se deriva del libro Guía básica para el diseño de espacios públicos, y está enmarcada dentro del curso La consideración del paisaje en la ordenación del territorio y el urbanismo. Un curso dirigido a empleados públicos andaluces, que organiza para dicho instituto el Centro de Estudios Paisaje y Territorio; mi asistencia se produce por invitación del director de este centro, el profesor Florencio Zoido Naranjo.

Actualización del 13Jun12 (descargas):
Tríptico con programa del curso.
Presentación completa de la conferencia.


Una de las imágenes de cabecera del sitio web del Centro Paisaje y Territorio (Cabo de Gata, Almería)
 

La toma de datos    Imprimir

Martes 29 de Mayo de 2012
Publicado en: Una nueva pedagogía

(Continuación a Mis alumnos, sigue en Por el mercado de Tánger)

¿Qué debemos enseñar? ¿A desarrolar bien el oficio? O, en cambio, ¿a saber encontrar el artista que llevamos dentro? Aunque resulta difícil escoger (y evitar dejarse llevar por el aura de lo segundo), creo que el grueso de nuestros esfuerzos como profesores debe de enfocarse hacia lo primero: sin ir más lejos, porque no existe arte que, para materializarse, no necesite un manejo hábil del oficio; y porque, además, no queda tan claro que se pueda formular a la inversa (¿Lleva el arte al oficio? ¡Buena pregunta!, ojalá sí). Como de los errores también se aprende, contaré hoy la historia de un fracaso: el compartido entre los profesores y alumnos de este cuatrimestre de primavera 2012 del taller TapD que ahora estamos a punto de acabar. Fracaso de los profesores (o, al menos, mío) al no haber sido capaces de transmitir bien cómo se debía abordar un ejercicio como el que planteábamos, de dar unas pautas metodológicas claras para iniciarlo. Fracaso de los alumnos al no haber sabido ver, o entender entre líneas, lo mismo: que, en este proyecto más que en ningún otro, debían proceder a una exhaustiva toma de datos. La inspiración, de aparecer, vendría provocada aquí por los condicionantes del lugar y enunciado.

El ejercicio planteaba la construcción de unos 4.500 m2 de nueva vivienda dotacional en una manzana de gran formato de la parte antigua del distrito de Gràcia (leer programa completo). La singularidad del emplazamiento (comprendido, por lo demás, en medio de un tejido homogéneo y reconocible en lo morfológico y tipológico) consistía en ser uno de los últimos rincones del barrio donde aún no se había producido la sutura —mediante apertura de nuevo viario— entre las diferentes operaciones que desde el XIX le habían dado forma y permitido su crecimiento. Por eso exigíamos que la operación residencial se acompañara de una nueva comunicación o espacio libre entre las calles Jaén y Asturias.

La génesis de Gràcia puede resumirse así: una serie de masías, asentadas en sitios estratégicos de lo que fue el llano de Barcelona (normalmente la confluencia entre un camino rural —siguiendo la cota horizontal— y una torrentera —bajando la montaña al mar por la de máxima pendiente—) que, una tras otra y a lo largo de casi dos siglos, se fueron urbanizando siempre de acuerdo con la misma lógica. Una plaza (centro de servicios e intercambio, agua y mercado; las plazas, estupendas, que hoy conocemos como de la Vila de Gràcia, la Virreina o la Concepció) alrededor de la cual se genera una retícula no regular de calles, que dejan entre sí unas manzanas organizadas siempre según la misma división del parcelario (30 palmos —equivalente a 6 metros— de ancho, profundidad libre). Para Solà-Morales, “(...) [se trata de un ejemplo que] introduce un modelo de crecimiento por yuxtaposición, a partir de un modelo tipológico y urbanístico consciente y previo, si bien muy sencillo, [que es] un signo importantísimo de modernidad, [y que] señala (...) algunos de los temas fundamentales del urbanismo moderno, como es la comprensión del peso determinante, pero relativo, de la geografía y de la vialidad, de la estructura catastral y de la parcelación tipológica." (“La nueva villa de Gràcia. El orden del parcelario menestral”, pp. 181-183 de Diez lecciones sobre Barcelona). Prefigura, en este sentido, operaciones urbanas posteriores más cultas como el Bloomsbury de Londres, incluso el propio Ensanche de Barcelona.

En su día a día como proyectista, el arquitecto se va enfrentando a dos tipos de problemas diferentes, en cierto sentido antagónicos. El primero —más abstracto— consistiría en desintrincar el ADN de cierta materia intangible (la de sus ideas), y darle forma en un entorno por lo demás de límites difusos: es su faceta más artística. El segundo sería —en cambio— más concreto, y se centraría en hacer un diagnóstico atento del contexto y la problemática que se le ofrece, para sacar de ellos los datos con que ensamblar su propuesta, que dará solución a ese problema: sería lo más parecido a su oficio. Creo que, sin embargo, puede existir un tercer acercamiento a la profesión que resulte de una hibridación entre los dos anteriores, y que es completamente contemporáneo. Surgirá al considerar el proyecto como una actuación simultánea a través de los edificios y el espacio libre, y al tomar como campo de pruebas la ciudad consolidada, entendida ésta en el sentido más amplio del término. No se trata, strictu-senso, de un proyecto urbano ni de edificación (aunque bebe de los dos a la vez), y tiene como gran ventaja que el ADN a desentrañar está lejos de resultar etéreo: ¿lo es descifrar la lógica según la cual se ha generado, a lo largo de los siglos, un cierto tejido urbano? En absoluto. Sobre ello, y su interés de cara a la reformulación de la profesión, ya escribí en 2010 (ver Y la ciudad salvó al arquitecto); sobre sus beneficios pedagógicos, de los que somos militantes, llevamos experimentando en el TapD desde su (re)fundación; sobre el tercer tema que, además de la vivienda y la estructura urbana, planteaba nuestro enunciado (la contribución del espacio libre privado al verde de la ciudad) también escribí tiempo atrás (Cuatro árboles y una buganvilla —2008—).

Y (alumnos) ¿qué no salió del todo bien? En mi opinión, que faltó tomar los datos previos (el soporte físico; las leyes de generación urbana; la normativa; el programa) como verdadera base. Porque ésas, y no otras, deben de ser las cuatro caras del proyecto en sus inicios: su diagnóstico conjunto ha de dar lugar a una planimetría nueva y personal para cada uno (que no es lo mismo que planos de análisis, que encuentro innecesarios), que a su vez acabe consolidándose como un molde preciso sobre el que levantar la propuesta. Discutir los datos de partida, ponerlos en duda, suele suponer una pérdida de tiempo. Esto es una cosa que entendía bien JACoderch, que llegó a escribir en la memoria de su Casa Ugalde: “(...) es una casa que me han dejado proyectar libremente, pero basándome exactamente en las instrucciones de los propietarios. Éstas son las condiciones que han dado el carácter a los planos.” ¿No hay algo de romántica contradicción entre las dos partes de la primera frase? Si miráis con cuidado el croquis del levantamiento realizado por Coderch sobre el terreno, entenderéis a qué me refiero: en él encontramos no sólo triangulados sus vértices y colocados los elementos singulares (si los árboles son algarrobos o pinos, si tienen uno o dos troncos), sino también esas instrucciones de Eustaquio Ugalde sobre las tres vistas, y, con ellas, la forma definitiva de la casa.

Ha sido un fracaso que contiene una enseñanza que, como tal, nos servirá para futuras experiencias. Ahora, y de cara al cierre final del 11 de Junio, no puedo hacer otra cosa que animaros y aconsejaros: dibujad poco, y bien; que los dibujos cuenten mucho, y con pocas líneas; mimad la presentación, porque algo mal dibujado puede echar por tierra el mejor de los proyectos, y —en cambio— algo con buen aspecto puede acabar compensando más de una carencia.


La manzana objeto de estudio, antes de la intervención (croquis AM, varias escalas, primavera12)
 

En compañía    Imprimir

Viernes 25 de Mayo de 2012
Publicado en: La vida que pasa

(Continuación a The picture window, sigue en Sakura)


Cactus, rosal, buganvilla y plátano: al sol de la mañana (FotoAM, May12)
 

Tesis doctoral: publicada    Imprimir

Viernes 11 de Mayo de 2012
Publicado en: Actualidad

(Continuación a Verdades a medias)

Ya ha quedado publicada, en formato digital, mi tesis doctoral El exterior como prolongación de la casa. Se puede descargar su versión íntegra (en dos archivos PDF: el primero, con el manuscrito —45 Mb—; el segundo, con el anexo —25Mb—) desde su ficha dentro de la web de TDR (Tesis Doctorales en Red).

 

Manualidades    Imprimir

Lunes 23 de Abril de 2012
Publicado en: En proceso

(En el día de St. Jordi 2012; continuación a Sobre el sentir artesanal en arquitectura; sigue en La carta)


HM, fotografiado en 1952 por Hélène Adant (Rafo / Contacto)
 

Pasarlo bien    Imprimir

Martes 10 de Abril de 2012
Publicado en: También de letras

(Continuación a Escribir bien, sigue en Yo voy caminando)

Nos dijeron: acudid a las fuentes, pero ¡que sean siempre fuentes primarias! Antes muerto que sucumbir a una metáfora fácil, pero he de contaros que existe, en el corazón del Pirineo de Lérida, un valle misterioso (la Vall Fosca) desde donde uno es capaz de entrever cosas extrañas. El valle en cuestión se llama así (“valle ocuro”) no porque esté mal orientado (al contrario: es el único de su entorno que traza una perfecta directriz Norte-Sur), sino porque sus laderas son tan pronunciadas, su sección en “V” tan estrecha que, durante muchos meses al año, el sol nunca llega a tocar su fondo.

Rebasado Cabdella, su pueblo más alto, el coche se adentra en una carretera endemoniada hasta llegar a la parte accesible de su cabecera: el estanque artificial de un pequeño salto hidroeléctrico y, a sus pies, el teleférico que en verano sube al Parque Natural de Aïguestortes. Desde ahí, y mirando hacia el Sur, la vista llega tan lejos y el relieve queda tan claro que, de un solo vistazo, se entiende cómo funciona la cuenca hidrográfica al completo: el estanque, al desembalsar, forma el Flamicell; éste es el que traza la Vall Fosca hasta unirse a la Noguera; la cual, tras despeñarse por el Pallars-Jussà, acaba encontrándose con el Segre; quien, recorrido el llano, afluye sobre el Ebro... Que es el que, mucho después y en su delta, desemboca en el mar.

Así, igualmente aunque en sentido inverso, pasa con los libros: queriendo escapar del suelo fangoso de la desembocadura, tratamos de remontar el cauce: cogiendo, primero, el gran río; descubriendo, después, su afluente; llegando, más tarde, a los torrentes limpios y puros que son su origen. De esta manera, y tras muchos años de lector, llega un día en que se consigue entender el lenguaje de las fuentes. Seguro que por encima del estanque de cabecera que para mí ha supuesto la Odisea hay algo más (probablemente la Ilíada: su agua debe de ser helada y color esmeralda, como la de los lagos glaciares), pero he de decir que, desde ella y mirando hacia atrás el camino recorrido, he podido ver cómo había nutrido a todo Shakespeare, del que a su vez había bebido Proust, en el que se había basado Joyce, sin el cual no se puede entender a Bolaño. A todos ellos (y también a muchos otros) une una característica: sus obras están hechas desde una libertad creativa máxima, desde un profundo sentido del humor, que las convierte, casi, en divertimentos. Ya lo he escrito antes: cogeos de la mano de un buen traductor (en este caso la de CGGual) para remontar sin ahogaros este cauce; porque además, y siendo la del traductor —con la del profesor— la tarea más modesta que quepa imaginar, quizás seamos, junto a él, capaces de darnos la cura de humildad que aún nos hace falta. No podemos, desde luego, ser Homero: sí somos capaces, en cambio, de sentir y divertirnos como él.

Y ¿quién traduce a los grandes arquitectos? El otro día, y antes de dar una charla en la ETSAM, hablaba con VOlmos sobre cómo fue de excepcional la generación que construyó en España a partir de los años ’40. Nosotros —concluimos— debemos de ser sus traductores, los que entendamos y transmitamos su obra: porque somos, en cierto modo, sus nietos, y como tal, estamos ya libres de la distorsión que el contacto directo con los maestros produjo a la generación que nos ha precedido. En la cabeza: Oíza, Coderch y Sota; en el pelotón (¡vaya pelotón de lujo!): Cabrero, Fisac, Sostres o Fernández del Amo. Lo que unió a todos ellos (además de la coincidencia de su nacimiento en los mismos años —14 a 17— del siglo; obviando también el hecho —que, sólo por hoy, les perdonaremos— de ser todos de filiación franquista) fue la tremenda libertad creativa con que ejercieron su profesión. Su capacidad para divertirse proyectando. Un feliz estado que vino, eso sí, después de —o quizás, ¿gracias a?— la inmersión de realidad y oficio que supuso para todos verse involucrados en la reconstrucción física del país a través del Instituto de Regiones Devastadas. La manía de Sota de entretenerse en encajar 4 puertas que abaten unas sobre otras en el espacio de un metro cuadrado; el gesto extremo de Coderch de apilar entre sí varias viviendas unifamiliares en el edificio Girasol, no son otra cosa, creo, que ejercicios de libertad.

Me pregunto qué será de nosotros cuando, al acabar el vaciado actual de España y volver de allá donde hayamos marchado, no tengamos siquiera nada que reconstruir; ¿podremos, al menos, ejercer en la universidad esa tarea de traductores de los maestros que admiramos? Ojalá, aunque tengo mis dudas. Los amigos sudamericanos se sorprenden mucho con nuestro desencanto actual: ellos —dicen— viven en esta situación de incertidumbre de forma permanente; pero ellos —les contesto— pueden dar rienda suelta a su latinidad libremente, sin sentir encima el hálito germánico sobre cómo hay que hacer las cosas: hasta que entendamos, de una vez por todas, que no se puede pretender ser meridional con una mentalidad prusiana, lo que nos queda —os propongo— es que, como Homero y la generación de los ’50, nos dediquemos a pasarlo bien: porque no debemos olvidar que, como gusta recordar a Manuel Vicent, no existe acto de cultura más elevado que el del socarrat de una paella a la luz de la luna (Luna de Agosto en islas Columbretes) o saber apreciar cómo “(...) [aunque] ya son tres las ruinas superpuestas, la griega, la propia, y la que [tenemos] alrededor, (...) la primavera es espléndida y la brisa trae un aroma de resina.” (El áspid).


Odiseo es llevado por Nausicaa ante Alcinoo (ilustración de RSañudo para la edición de CGGual)
 

The picture window    Imprimir

Jueves 22 de Marzo de 2012
Publicado en: La vida que pasa

(Continuación a Primavera en Ciudad Lineal, sigue en En compañía)


A new spring comes to St. Gervasi, behind my picture window (FotoAM, Mar12)
 

Charla en la ETSAM    Imprimir

Jueves 15 de Marzo de 2012
Publicado en: Actualidad

(Continuación a El linaje, sigue en Dentro de una bandera de roca, tela y cristal)

El próximo miércoles 21 de Marzo (día del equinoccio de primavera 2012) estaré dando una charla en el MPAA (Máster en Proyectos Arquitectónicos Avanzados) de la ETSAM. La clase, que se produce por invitación del Dr. Víctor Olmos y tiene como título "Método y proyecto en JACoderch", está inscrita dentro del curso Maestros del Siglo XX.

Enlaces:
. blog del curso Maestros del siglo XX
. programa del curso Maestros del siglo XX
. noticia en la web del MPPA


Cabecera de la web del Máster en Proyectos Arquitectónicos Avanzados de la ETSAM (Mar12)
 

Escribir bien    Imprimir

Miercoles 29 de Febrero de 2012
Publicado en: Sobre el oficio

(Continuación a Vestir bien, sigue en Pasarlo bien)

Si, como ya vimos, vestir bien es importante, escribir bien es esencial. Con ocasión de la lectura de mi tesis (y no ha sido la primera ocasión) algunas personas cercanas me han elogiado lo bien que, a su parecer y para ser arquitecto, escribía. A ellas —que me lo decían con todo el cariño— contesté que, de ser esto cierto, me parecía que lo extraño no era mi caso, sino el de todos aquéllos que no lo hacen. A mí, sencillamente, escribir me resulta divertido y me sana. Me sirve, además y por encima de cualquier dibujo u otro método, para comprobar si mis ideas son lo suficientemente claras. Porque escribir bien debe ser, ante todo, sinónimo de claridad. Y también, por lejano que pueda parecer, para los arquitectos: no hay mejor manera de saber cómo tiene alguien la cabeza amueblada que leerle; es útil, incluso, para comprobar (aunque es condicón necesaria pero, ay, no suficiente) si se trata de un buen proyectista.

¿Es banal esta relación entre arquitectura y escritura? Creo que no. Y no me refiero a los ejercicios de estilo literarios que puedan haber hecho arquitectos (que los hay, y algunos muy buenos: el mejor, para mí, el de Ernersto Nathan Rogers —EnR— en Cartas de Ernesto a Ernesto y viceversa), sino a los documentos de supesto trámite que suelen acompañar a sus proyectos, que son las memorias descriptivas. Resulta, así, que dos autores tan poco dados a la lírica como De la Sota (AdS) o Coderch (JAC) son capaces de elaborar textos excelentes, escuetos y certeros: cuando Sota explica, a raíz de la casa Guzmán, que "(...) lo bueno de hoy en día es que podemos hacer casa abierta, abierta, que se cierre, cierre"; cuando Coderch describe cómo en la Ugalde "(...) de la sala de estar se sale a un patio semi-cubierto por el dormitorio principal (...), [y] a continuación de la terraza está la piscina", no están planteando ni un acertijo —el primero— ni una evidencia —el segundo—, sino simplemente explicando, con una envidiable economía de medios, de qué está hecha la esencia de una y otra obra.

Cuando hace unos años me encargaron analizar un edificio de Rafael Moneo (RM), de toda la documentación que recibí para escribir el artículo lo mejor no eran los planos (bien interesantes) ni la fotografía (excelente), sino la memoria escrita, que ocupaba menos de un folio. La tesis doctoral es un momento decisivo para la madurez intelectual de un arquitecto: y no por lo que significa para su carrera docente (a día de hoy, bien poco) sino por lo que supone de puesta en limpio de sus ideas, y por el reto de expresarlas con claridad. Y... olvidáos de la dificultad del acceso a las fuentes documentales primarias; de las comisiones y trámites que deberéis pasar en la fase final; no temáis demasiado al más incisivo de los comentarios de vuestro director, ni tampoco al pánico escénico que os pueda provocar el acto de lectura: el mejor filtro —ese que sigue garantizando que no se haga doctor cualquiera— resulta del hecho de que, para hacer una tesis, sea ineludible escribir bien. Cosa que, al parecer, no puede hacer todo el mundo.

Hace poco ha recordado el propio Moneo las palabras que, como miembro del tribunal, escribió Josep Quetglas (JQ) al devolverle a Enric Miralles (EM) su primera propuesta (frustrada) de la tesis Cosas vistas a izquierda y a derecha (Sin gafas): "doy por aceptado que el escrito es ilegible. Ilegible en el sentido de que el lector no puede saber acerca de qué se ha escrito ni tampoco puede tomar la escritura como el propio objeto acerca del que se ha escrito... Más exactamente, no se trata de que el texto esté mal escrito, sino de que no puede leerse porque no está escrito. (...) La lectura no registra su forma, del mismo modo como una audición no registra colores...". Es improbable que Miralles no fuera consciente de su desconstrucción semántica, y que ésta no hubiera sido del todo deliberada, pues aclaraba desde la introducción: "(...) He d'acceptar que en totes aquestes pàgines no hi ha res. Són uns marges que ni tan sols defineixen el que farem a dins. Sempre tot ho he escrit als marges: només un joc al voltant de les coses". Quetglas (otro que, por cierto, no ha puesto en su vida una coma en sitio equivocado) se encargaba de aclarar que "(...) no propongo ningún juicio de valor, sólo trato de describir las condiciones de percepción del material presentado."

Tiene toda la razón el amigo Almalé al querer ver siempre Algo más que un título, una colección de sugerencias, quizás un enigma. Al igual que el de Miralles, el título de la tesis del malogrado Luis Moreno Mansilla (LmM) lo deja a uno pensando: Apuntes de un viaje al interior del tiempo... ¿Qué viaje? ¿Qué interior? ¿Qué tiempo? Parece que las pistas estaban ahí, y las desvela de nuevo RM (En memoria de Luis M. Mansilla): "a mi abuelo Luis, oculista, entre cuyos aparatos ópticos crecí. Murió como a todos nos gustaría morir, de improviso, mientras dormía, la misma mañana en que debía partir hacia Roma y comenzar esta tesis que ahora le dedico". Luis parecía ser del todo consciente de la terrible circularidad del tiempo, cuando, la víspera de la noche de su muerte, acabó su intervención en un acto —que era homenaje, paradójicamente, a EM— diciendo: “sospecho que el espacio, en realidad, no forma parte de nuestras preocupaciones vitales, sólo el tiempo, que se derrama y escapa entre los dedos cuando intentamos atraparlo”.

Todos ellos (EnR, AdS, JAC, RM, EM, LmM) buenos escritores, estupendos arquitectos. Por cierto: nadie ha sabido captar y transmitir lo dramático de esta macabra espiral —la del tiempo— mejor que quienes escriben desde México. A veces, con el espacio que media entre un punto y coma y el siguiente (Daniel Sada); otras, en el haiku que supone el límite de 140 caracteres: "Decía YTawada que el invierno hace a la gente lo que es. Pero cómo con este calor. Qué con este cielo tan azul. TJ2012" (@criveragarza).

 

Los gestos más infimos    Imprimir

Lunes 13 de Febrero de 2012
Publicado en: La vida que pasa

(Continuación a El camino de la retirada; hermanado -después de publicado- con Viaje a uno mismo, de Sir John More; sigue en Cap de Creus)


Espolla -en el centro- vista desde su cementerio. Detrás, la sierra de Albera (Foto AM, verano 11)
 

Mis alumnos    Imprimir

Lunes 30 de Enero de 2012
Publicado en: Una nueva pedagogía

(Continuación a Los mejores, sigue en La toma de datos)

No creo que existan muchas ocupaciones en este mundo que hagan sentir el paso del tiempo de la manera en que lo vive un profesor: mientras uno va acumulando años (primero llegaron los 40; más tarde, en un suma y sigue imparable, los 41, 42, y 43; pronto, los 44), ellos —los alumnos— siguen cómodamente instalados, año tras año, en la dulce juventud de los 21 ó 22, a lo sumo 25. A veces me pregunto si los maestros de antes (esos que seguían a los alumnos a lo largo de todos sus cursos escolares) se ahorraban esta extraña sensación. Cuando comencé a dar clase (tampoco tan joven: fue en la treintena) muchos días entraba en el aula y tendía más a sentarme en sus filas de sillas que a subirme al estrado, tan reciente tenía el recuerdo de los días de estudiante; esto, que ahora ya no me pasa, se ha visto sustituido por la gozosa sensación —de la cual era menos consciente al principio— del intercambio del acto pedagógico.

Recuerda Steiner cómo Nadia Boulanger, eminente maestra franco-americana de los mejores músicos contemporáneos, decía sentir que "(...) el profesor no es más que el humus del suelo, [pues] cuanto más enseña uno más se mantiene en contacto con la vida y sus resultados positivos, [y que] considerándolo todo, a veces me pregunto si el profesor no es el verdadero alumno y beneficiario". Es ésta una idea interesante, porque demuestra que, tomado el asunto por su lado bueno, se le puede dar la vuelta como a un calcetín y convertir ese riesgo de envejecimiento imparable en su contrario, que sería algo parecido al eterno rejuvenecimiento intelectual. Con ella estaría seguro de acuerdo el amigo Santi de Molina, para quien el buen profesor, una vez ha logrado que su alumno alcance el ritmo de crucero en su trabajo, debe retirarse a un segundo plano y empezar él mismo a aprender a través de la experiencia del otro.

Yo iría aún más lejos, y así se lo propuse a mis alumnos, hace dos semanas, en la sesión de cierre del cuatrimestre de otoño 2011: en una asignatura como la nuestra (proyectos arquitectónicos) lo que debería ocupar al profesor es embarcarse, a la vez que ellos, en proyectar el mismo ejercicio que les ha pedido; esto llevaría a unas sesiones de crítica recíproca de lo más jugosas, puesto que (además de la crítica de profesor a alumno que ya hacemos) ellos se verían obligados a derribar con argumentos creíbles nuestro propio trabajo cuando lo expusiéramos sobre el estrado. ¡Interesante experimento!, aunque, me temo, para poner en práctica —dada la triste realidad de nuestros contratos y sueldos— en otro tiempo y otro país.

Solía explicar Moneo, y le apoyaba en ello Miralles, que lo más interesante de la enseñanza de los proyectos era convertirlo en un auténtico cuerpo a cuerpo, en el que nadie sabe más que el otro, y los dos —profesor y alumno— se enfrentan desde un mismo nivel: es así como se puede convertir en un verdadero ejercicio socrático de diálogo y de crítica pura. Porque de esto (y no de otra cosa, pues, aunque importantísimo, es distracción todo lo demás; ¿no ver la relación entre esfuerzo y resultado?: se tenía que haber inculcado en la escuela primaria; ¿no entender la importancia de dibujar bien?: un fracaso de los primeros cursos universitarios) es de lo que tienen que estar hechos, pedagógicamente, estos talleres de la segunda parte de la carrera.

Defiende también Steiner que el contacto personal, cara a cara, entre profesor y alumnos es inherente al hecho pedagógico; no hay, para él, sustituto posible, y el entusiasmo excesivo por métodos alternativos de aprendizaje (el contacto on-line o la formación remota) corre siempre el riesgo de convertirse en mera excusa para evitar los riesgos que conlleva el enfrentamiento personal (y que siempre existen: muchas veces se acaba en sonoro fracaso). Ah, pero... perdónenme: había olvidado que de pedagogía no interesa hablar hoy a casi nadie. Menos aún a los arquitectos, ocupados como estamos en lamernos las heridas, y preguntarnos qué es lo que ha pasado para que todo acabe tan mal; tampoco, desde luego, a los profesores de universidad, entretenidos como nos mantenemos en coleccionar publicaciones y puntos para luego ser evaluados por las agencias de calidad universitaria.

Notas:

. Nota 1: los apuntes de Steiner están tomados del libro “Lecciones de los maestros”, del que también hablé en el post Tras los pasos de Josef K..

. Nota 2: el ejercicio desarrollado este cuatrimestre pasado en nuestro Taller TapD de la ETSAV proponía la reconversión en edificio de viviendas de una antigua central telefónica en desuso en la Vía Augusta construida por Francesc Mitjans en 1974. Como experimento pedagógico ha sido un éxito contundente del grupo (aparte de la experiencia individual de cada uno, en la que, como siempre, acaba habiendo tanto triunfadores como heridos o víctimas) y ha permitido, una vez más, comprobar cómo de enunciados aparentemente extraños se pueden extraer ejercicios de arquitectura pura y dura. Es mérito del coordinador de la asignatura, PFuertes, el haber insistido en que un ejercicio de Re-habitar podía dar lugar a un buen taller de 2º ciclo, cuando a mí me parecía más de 3r. ciclo o posgrado.


Algunos de los trabajos de los alumnos del TapD de la ETSAV, cuatrimestre Otoño 11-12 (foto AM)