En la cueva de arena    Imprimir

Miercoles 4 de Septiembre de 2013
Publicado en: También de letras

(Continuación a Tajamar, sigue en Segona cançò)

¿Cuándo dejará de sorprendernos el poder evocador de la literatura? ¿Su capacidad, no ya de hacernos felices, sino de conseguir que revivamos cosas que ni siquiera nos han pasado? Al llegar a Sandycove, en la península que cierra por el Sur la bahía de Dublín, para la visita de la James Joyce Tower (¡qué buen sitio, por cierto, al que ir con niños!) se experimenta una extraña sensación de felicidad que dista mucho del incómodo déja-vu: ese increíble fenómeno según el cual uno tiene la sensación de ya haber vivido el momento presente, y que tiene que ver con lapsos entre diferentes conexiones neuronales, que viajan, como el rayo precede al trueno, a diferentes velocidades desde los órganos sensores hasta el cerebro.

Al entrar en la única habitación, y subir a la cubierta, de la que fue una antigua torre de Martello (una de las puntas de la línea defensiva que los ingleses establecieron contra la invasión de Napoleón en la costa este irlandesa), se recuerda con una sonrisa el buen rato que se pasó ahí en los dos capítulos inaugurales del Ulises junto a los excéntricos Mulligan, Dedalus y Haines. Incluso da ganas, en esta tibia mañana de Agosto, de bañarse desnudo, como Mulligan, en la playa de Forty Foot que está al pie de la torre; una preciosa piscina natural de roca (¿quizás la cueva de arena que conforma el topónimo?) que aún hoy es lugar de encuentro de fornidos irlandeses entrados en años, que se zambullen cada mañana en las heladas aguas del mar de Irlanda.

No puedo hablar demasiado del Ulises, que aún tengo en proceso, pero sí creo que James Joyce (JJ) colocó esos dos crípticos capítulos al principio (son desternillantes; pero realmente hay que leerlos dos veces para entender algo) para desanimar a los lectores más perezosos. Puede que sea sólo que uno se va acostumbrando a su estilo archimoderno, o que, efectivamente, todo resulta más fácil desde que (unas páginas después) Leopold Bloom entra en escena. También he avanzado lo suficiente como para afirmar ya que es uno de los libros más divertidos (y cálidos: ¿cómo puede destilar JJ ese ambiente tan hedonista, que te hace creer que estás en una isla griega, de un lugar como el Dublín que describe?) que he leído en mi vida. Recomiendo encarecidamente olvidar todo lo que se ha oído sobre él, y lanzarse a disfrutarlo.

Aunque puede que esto tenga que ver no tanto con Joyce como con esa mentalidad tan particular de los irlandeses, ese gusto por la conversación, la comida (y la bebida ¡claro! si es con alcohol mejor)... en suma, del disfrute lento de la vida; tan lejana a la vez de lo anglosajón, el protestantismo y la cultura del esfuerzo, tan cercana en muchas cosas (las buenas) a nosotros los meridionales. Porque puede que, al final (y después de tantas vueltas) no sea todo más que una cuestión de religión, y por eso debamos (incluso los que somos ateos militantes) dejar de renegar tanto de nuestras raíces católicas, y asumir que algo pueden tener que ver con esa parte socarrona que hace que soportemos mejor la adversidad. Así lo piensan del propio JJ sus estudiosos, diciendo que es imposible entederlo, a él ni a su obra, sin su educación jesuita. Porque, lo que está pasando ahora en esta Europa que no reconocemos (¿Europa era esto, de verdad?) no es más, parece, que un choque entre sus dos almas, la del Norte y protestante (que cree en el escarmiento y lo impone) y la del Sur y católica (que se deja hacer).

Dejando de lado las divagaciones, lo dicho: ¡visiten Irlanda! Y si es con un ejemplar del Ulises entre las manos, mejor. Y que: ya estamos de vuelta; así que los comentarios son, como cada año, ¡deseados y bienvenidos!


La JJTower (izquierda) y la piscina de Forty Foot (centro) en Sandycove, Irlanda (fotoAM, Ago13)
 

Al retirar los andamios    Imprimir

Domingo 12 de Mayo de 2013
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(Continuación a Los trenes de vuelta, sigue en Ser como Juan Marsé)


¿Contiene este crucigrama numérico la clave de la estructura del 2666 de Bolaño? (fotoAM)
 

Orfandad    Imprimir

Lunes 11 de Febrero de 2013
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(Continuación a Athens in Baltimore)

En casa hemos terminado de ver, el viernes pasado, la segunda —y última hasta la fecha— temporada de Homeland. Todavía con la boca abierta por el inaudito final (¿como puede haber vida después de eso?), nos sentimos, como tantas veces, y ante la falta de una nueva temporada con la que seguir (se está rodando ahora), completamente huérfanos.

Antes muerto que citar en este blog a Elvira Lindo, pero debo reconocer que me siento identificado cuando, a raíz de esta serie, escribía el pasado domingo: “(...) espero, con la misma impaciencia con que el público anhelaba un nuevo capítulo de Dickens o de Mark Twain, mi cita con ese exsoldado americano que, tras ser liberado de años de cautiverio en Irak es sospechoso de haberse puesto al servicio de Al Qaeda. La relación ardiente y desconfiada entre el marine y la agente de la CIA ocupa mis noches. Costumbrista como sólo el cine americano sabe ser, y fantasiosos como sólo saben ser los guionistas americanos, noto que mi mente se limpia. Sólo sufro por ellos. Sufro sin dolor, porque como nos decían cuando éramos niños: la sangre derramada es de mentira.” (Sufrir sin dolor).

Nosotros también: el tiempo en que, por la noche, nos hemos entretenido con la turbulenta relación de esos dobles (aunque pelirrojo él, más alta y guapa ella) de Steve McQueen y Jodie Foster ha sido un tiempo de felicidad completa, ajeno al mundanal ruido que nos había rodeado en el día previo. Porque, en casa, las series de TV han sustituido no sólo al cine (lo cual, en mi caso, no era demasiado difícil), sino también, y por momentos, a la literatura (lo cual ya tiene algo más de mérito). ¿No es eso, precisamente, lo que distingue una buena historia o narración? ¿Que te abstrae, mientras dura, de todo lo ocurre a tu alrededor? ¿Que sientes, cuanto termina, una terrible orfandad? ¿Qué será de mí, mañana, —se dice uno— sin esto? Por suerte, siempre hay un después, y en general a través de otras obras que hasta entonces desconocías.

Así, y desde que hace unos años fue Elena la que nos introdujo en el mundo de las series, hemos pasado (y las ordeno por cuánto —de menos a más— me han importado) por la violencia de los gánsteres sobre las pasarelas de madera en Atlantic City (Boardwalk Empire); la duda sobre si debemos reconocer —y reaccionar— al acecho del mal (en la mitad Tolkien, mitad Shakespeare, Juego de Tronos); la constatación de que siempre hay esperanza —a través de la música— en medio de la tragedia (Treme); la otra constatación —en el sentido inverso— de que en medio de la esperanza, siempre se acaba confirmando que el sistema es corrupto (The Wire); la identificación con que el papel de manetenedor —supplyer— de una familia a veces obliga a traspasar las líneas de lo correcto (Breaking Bad); o, por encima de todo ello, pensar que existe un mundo en que triunfa, después de todo, el bien y la inteligencia (The West Wing)... ¡cuánta felicidad junta! Pero ahora, terminada Homeland, que tiene un pedacito de cada una de las anteriores, ¿alguien me puede recomendar algo para saciar esta abstinencia?

 

Los trenes de vuelta    Imprimir

Domingo 2 de Diciembre de 2012
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(Continuación a Tras los pasos de Josef K., sigue en Al retirar los andamios)

"El tiempo dispone, de esta manera, de trenes exprés y especiales que llevan rápido a una vejez prematura. Aunque sobre la via paralela circulan también, casi igual de veloces, los trenes de vuelta". (Marcel Proust) *

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El otoño ha sido tan intenso, cargado de trabajo, y políticamente movido, que no he tenido materialmente tiempo hasta ahora (entrado ya diciembre, a las puertas del invierno) de cumplir con una tradición establecida aquí desde hace años: compartir las lecturas que me ocuparon durante el verano. Antes de hacerlo, debo plantear dos advertencias. La primera, que ninguno de los tres libros de aquí abajo los he leído completos. Bueno, sí Las Crónicas Marcianas, acabadas hace muy poco; evidentemente no Antagonía, auténtica mole de papel, imponente en su peso, tamaño y duración; tampoco, ¡glups!, En busca del tiempo perdido, en la que me he permitido (profanando los cinco volúmenes intermedios) saltar directamente de Por el lado de Swann, acabado hace unos años, a este El tiempo recobrado de este verano. Lamento esta vena de lector irreverente y heterodoxo de la que, lo aseguro, no estoy nada orgulloso. La segunda advertencia es que, ¡atención!, a continuación siguen varios spoilers que desvelan por completo el final de En busca del tiempo.... Es decir que, si tienes las energías para proponerte abordarlo, no debieras seguir ahora leyendo, y que lo que sigue es para quienes lo hayan ya leído entero o... no lo leerán nunca.

Pero vamos a ver, Marcel, tío: ¿cómo que hay trenes de vuelta en los que podemos subirnos para revertir el paso del tiempo? Si te he entendido bien, eso es precisamente lo que nos prometes en esa frase, eso es lo que siempre se ha contado de tu obra, y eso es, precisamente, lo que me causó la impaciencia para saltar los cinco libros intermedios; aunque, probablemente, en este pecado he tenido mi penitencia. Nos narcotizas durante miles de páginas con tu francés envolvente, con tu estilo asmático de frases sin fin, que abarcan sin respiro ni punto y aparte capítulos enteros; nos entretienes con tu fauna parisina decimonónica, nos desvelas sus (y tus) bajas pasiones; nos mantienes en intriga hasta el final, conservando la ilusión de que nos desvelarás, por fin, que has encontrado la pócima (que podremos aplicar), o la estación en que para ese tren de vuelta (al que podremos subir) para... ¿para acabar así? Tras los efluvios de las madalenas, el tintinear de la cuchara que cae al suelo, el tacto del algodón en la servilleta doblada, o ese último (y determinante) traspié en un escalón de entrada a la reunión en un salón de los Campos Elíseos, que te recuerda al que tuviste en la puerta de la Basílica de San Marcos... y, cuando (en la última página) por fin acabas de entenderlo todo, de encajar el puzle, te miras las piernas, y ves que ya están demasiado arqueadas para pegar el salto del andén al tren; te observas al espejo, y ¿concluyes que las arrugas y la fatiga son demasiadas como para emprender esa escritura redentora que nos has anunciado desde el principio?

Quedé tan trastornado con el final de El tiempo recobrado que debí recurrir enseguida a lo que (según Ignacio Echevarría, según Vargas Llosa) era su mejor sucedáneo: la Antagonía de Luis Goytisolo (LG). Un libro que me acompaña despacio, aunque infatigablemente, en este otoño convulso; por ello, precisamente, me veo incapaz aún de anunciar si Raúl Ferrer Gaminde (RFG, trasunto del propio LG; casi primo hermano, aunque en catalán y en los ’60, del protagonista de Proust), logra, él sí y a través de la escritura (el último volumen es una vuelta de tuerca que ni siquiera Proust intentó: la propia novela escrita por RFG) esa redención tan deseada. Sí puedo avanzar, en cambio, que encuentro a LG uno de los grandes escritores españoles del XX (sorprendetemente infravalorado y desconocido, a la estela de su mucho más apagado hermano Juan) y a Antagonía la gran novela sobre Cataluña que tenía pendiente encontrar. Sobre Cataluña, y fundamentalmente sobre Barcelona, y ésta que sigue (con los topónimos aún de los ‘60) la mejor descripción de mi ciudad que yo haya leído:

(...) Nuria se cogió a su brazo, los dos parados ante la baranda metálica (...), dominando la ciudad entera, tentadora, tendida, abierta hasta perderse en un acabamiento brumoso (...). Al fondo, a partir del puerto, se distinguían los campanarios góticos del casco antiguo, intrincado y prieto, y circundándolo la cuadrícula del Ensanche (...) que, ciudad arriba, se prolongaba hasta los barrios residenciales, San Gervasio, Bonanova, Sarrià, Pedralbes, ya en las laderas sequizas, y a los lados quedaba bloqueado por los núcleos y las barriadas populares, la Barceloneta, Pueblo Nuevo, San Adrián, San Martín, La Sagrera, Santa Coloma, El Clot, San Andrés, Horta, Collblanch, Sants, Hostafranchs, Hospitalet, El Port, Casa Antúnez, distritos proletarios, el cinturón rojo de revueltos humos industriales.

(...) Cuando Nuria sacó fotografías de la ciudad, sus cabellos al viento, una ciudad chata, cuadriculada, compartimentada, yuxtapuesta, superpuesta, anárquica, inestructurada, inmensa, sumida en una bruma baja embebida por el sol, extendida al pie de las colinas, el Turó de la Peira, la Montaña Pelada, el Monte Carmelo, colinas desnudas, colladas hacia el Besós como estribaciones del Tibidabo, a la izquierda, y a la derecha Vallvidrera, San Pedro Mártir, lomas en descenso sobre el llano del Llobregat. Y frente por frente, descollando por encima del puerto, por encima de la neblina de brillo salino, Montjuich, penetrando en la ciudad como un cabo acantilado; Montjuich, con su Morrot, sus cimas y simas, ahí, monte de los judíos, con sus canteras y losas, sus fosos y fosas, sus parques y descampados, sus barracas de hojalata y sus palacios artificiales, un monte ahora desvaído, a contrasol, penetrando como un morro amoratado.” **

¡Preciosa descripción geográfico-enumerativa! Aunque, como ya contaba antes del verano, no van a ser ni Proust ni Goytisolo, sino Bradbury el que tenga razón: porque se debe “(...) escribir sólo lo que a uno le divierta. Escribir sobre cosas que uno odia y ama. Escribir sobre cualquier vieja historia que a uno le venga en gana”. Dedicarnos más a lo que nos divierte que a lo que nos inquieta puesto que, como bien comprobaron el Capitán Williams y el resto de su tripulación de la segunda expedición a Marte ***, todo, al final y después de un largo viaje, acaba siendo una pesada broma: por mucho que ellos se lo expliquen a los marcianos (“Earth. Rocket. Man. Ship. Space”), éstos, tomándoles por locos, nunca les creerán y los encerrarán para siempre, como ya hicieron con los de la primera expedición. O que (como muestra la ilustración de José Manuel Ballester para la portada de Antagonía), en la sala de Las Meninas, tras todos los ensayos de geometría imposible llevados a cabo por parte de Velázquez, tras nuestros esfuerzos por entender sus ensayos y pensar que esa geometría era viable, resulta que: ni existe Velázquez, ni estaban en la sala las meninas, el perro, la enana, la monja, o los reyes; sólo el lienzo, la luz lateral, el espejo, y (sobre todo) la puerta que, al fondo y con seis escalones, nos lleva ¿adónde?

* "Le temps retrouvé", en Éditions Gallimard. París, 1992. pág. 237.
** "Antagonía", en Editorial Anagrama. Barcelona, 2012. Págs. 94-95.
*** "The Earth Men", dentro de The Martian Chronicles, en Harper Collins. Londres, 2008. Pág. 33.


Las tres lecturas del pasado verano, reseñadas con 4 meses de retraso (montaje: AM, dic12)
 

Contar    Imprimir

Martes 24 de Julio de 2012
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(Continuación a Disfrutemos, sigue en A 7 metros bajo el nivel del mar)

Contar: en su primer sentido, enumerar, explicar los elementos que componen una serie. Estoy suscrito desde hace un tiempo a dos perfiles de Twitter con los que mantengo una extraña fidelidad. El primero de ellos (@PrimaRiesgoBot) la escribe un robot, que cuelga un tuit con actualización del valor del riesgo-país de España cada 10 minutos, si hay variación. Desde que la descubrí tengo una relación más tranquila con este índice que en los últimos meses ha dirigido nuestro destino. Donde antes todo eran sobresaltos y titulares escalofriantes, ahora veo, cuando lo consulto de vez en cuando, una simple y aséptica cifra que, si se desboca, me hace pensar: “mira, algo debe de estar pasando hoy”; y tras eso, y sin saber de qué se trata, vuelta al trabajo.

El segundo, bastante más macabro, es el perfil “Contador de muertes” (@menosdias), que lleva el recuento exhaustivo y diario de muertes por violencia en México. En sus tuits, se especifica el estado y población en que se produjo el hallazgo del cadáver, y describe los que son detalles importantes de la escena del crimen. Esta no la escribe un robot, sino que se trata de un proyecto colaborativo: varias manos recopilando y haciendo públicos los episodios diarios de violencia. No sé si todos los méxicanos escriben siempre así de bien, o si quienes actualizan este perfil tienen intención literaria alguna, pero a mí me recuerda (no puedo evitarlo) a la parte 4ª de 2666 de Roberto Bolaño —RB— (“La parte de los crímenes”), esa en que el escritor llena más de 200 páginas seguidas con la descripción y enumeración, con asepsia de forense y ojo de policía, de los feminicidios de Ciudad Juárez. ¡Qué gran adelantado Bolaño, qué ejercicios de lenguaje y estructura tan absolutamente vanguardistas se permitía! Siempre pienso lo que se perdió RB al no vivir con plenitud la era de internet, lo que le hubieran gustado los tuits o la metanarrativa de los enlaces.

Y aquí llegamos, de forma inesperada, al segundo sentido del verbo. Contar: relatar, transmitir algo, ya sea imaginado o real, de forma narrada. ¿Cuánto de lírica tiene las descripciones exhaustivas de Bolaño? ¿Cuánto de poesía los tuits de @menosdias? ¿Cuánto de irreal las notas puramente matemáticas y estadísticas del robot @PrimaRiesgoBot? Buenas preguntas todas ellas, que llevan inevitablemente a la verdadera pregunta: ¿cuánta literatura contiene la realidad? ¿E inversamente? Contundende duda, que me veo incapaz de contestar. Aunque quizás sí pueda comenzar a hacerlo, aunque sea para mí, dedicándome yo mismo también a contar. Prometo ponerme a ello estas vacaciones que ahora comienzan.

Recuerdo haber leído a Vargas Llosa (creo que fue cuando ganó el Nóbel) contestar —a la pregunta de si escribir le hacía feliz— que, sencillamente, la existencia y la realidad le hubieran resultado insoportables sin la ficción. Yo creo que no sólo escribiéndola, sino también leyéndola. Llega entonces ese momento en que lectura y escritura, imaginación y realidad, contar en su primer y segundo sentido, se funden en eso que Vila-Matas ha descrito tan bien al asegurar que “(...) el mundo es un texto. Y ese texto es nuestra vida, está en los libros. Sólo vivimos realmente a medida que leemos nuestra vida, trascendiéndola”. O uno de sus maestros (Kafka) cuando le escribía a su amigo Max Brod: “(...) pienso que sólo debemos leer libros de los que muerden y pinchan. Si el libro que leemos no nos despierta de un puñetazo en la cara, ¿para qué leerlo? ¿Para que nos haga felices (...)? Por Dios, podríamos ser igual de felices sin libros, y si nos hicieran falta libros para ser felices, podríamos escribirlos nosotros mismos, llegado el caso”. O a Ray Bradbury cuando aconseja que se debe “(...) escribir sólo lo que a uno le divierta. Escribir sobre cosas que uno odia y ama. Escribir sobre cualquier vieja historia que a uno le venga a la cabeza”.


Estado — a 23Jul12— de los perfiles @PrimaRiesgoBot y @menosdias
 

Pasarlo bien    Imprimir

Martes 10 de Abril de 2012
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(Continuación a Escribir bien, sigue en Yo voy caminando)

Nos dijeron: acudid a las fuentes, pero ¡que sean siempre fuentes primarias! Antes muerto que sucumbir a una metáfora fácil, pero he de contaros que existe, en el corazón del Pirineo de Lérida, un valle misterioso (la Vall Fosca) desde donde uno es capaz de entrever cosas extrañas. El valle en cuestión se llama así (“valle ocuro”) no porque esté mal orientado (al contrario: es el único de su entorno que traza una perfecta directriz Norte-Sur), sino porque sus laderas son tan pronunciadas, su sección en “V” tan estrecha que, durante muchos meses al año, el sol nunca llega a tocar su fondo.

Rebasado Cabdella, su pueblo más alto, el coche se adentra en una carretera endemoniada hasta llegar a la parte accesible de su cabecera: el estanque artificial de un pequeño salto hidroeléctrico y, a sus pies, el teleférico que en verano sube al Parque Natural de Aïguestortes. Desde ahí, y mirando hacia el Sur, la vista llega tan lejos y el relieve queda tan claro que, de un solo vistazo, se entiende cómo funciona la cuenca hidrográfica al completo: el estanque, al desembalsar, forma el Flamicell; éste es el que traza la Vall Fosca hasta unirse a la Noguera; la cual, tras despeñarse por el Pallars-Jussà, acaba encontrándose con el Segre; quien, recorrido el llano, afluye sobre el Ebro... Que es el que, mucho después y en su delta, desemboca en el mar.

Así, igualmente aunque en sentido inverso, pasa con los libros: queriendo escapar del suelo fangoso de la desembocadura, tratamos de remontar el cauce: cogiendo, primero, el gran río; descubriendo, después, su afluente; llegando, más tarde, a los torrentes limpios y puros que son su origen. De esta manera, y tras muchos años de lector, llega un día en que se consigue entender el lenguaje de las fuentes. Seguro que por encima del estanque de cabecera que para mí ha supuesto la Odisea hay algo más (probablemente la Ilíada: su agua debe de ser helada y color esmeralda, como la de los lagos glaciares), pero he de decir que, desde ella y mirando hacia atrás el camino recorrido, he podido ver cómo había nutrido a todo Shakespeare, del que a su vez había bebido Proust, en el que se había basado Joyce, sin el cual no se puede entender a Bolaño. A todos ellos (y también a muchos otros) une una característica: sus obras están hechas desde una libertad creativa máxima, desde un profundo sentido del humor, que las convierte, casi, en divertimentos. Ya lo he escrito antes: cogeos de la mano de un buen traductor (en este caso la de CGGual) para remontar sin ahogaros este cauce; porque además, y siendo la del traductor —con la del profesor— la tarea más modesta que quepa imaginar, quizás seamos, junto a él, capaces de darnos la cura de humildad que aún nos hace falta. No podemos, desde luego, ser Homero: sí somos capaces, en cambio, de sentir y divertirnos como él.

Y ¿quién traduce a los grandes arquitectos? El otro día, y antes de dar una charla en la ETSAM, hablaba con VOlmos sobre cómo fue de excepcional la generación que construyó en España a partir de los años ’40. Nosotros —concluimos— debemos de ser sus traductores, los que entendamos y transmitamos su obra: porque somos, en cierto modo, sus nietos, y como tal, estamos ya libres de la distorsión que el contacto directo con los maestros produjo a la generación que nos ha precedido. En la cabeza: Oíza, Coderch y Sota; en el pelotón (¡vaya pelotón de lujo!): Cabrero, Fisac, Sostres o Fernández del Amo. Lo que unió a todos ellos (además de la coincidencia de su nacimiento en los mismos años —14 a 17— del siglo; obviando también el hecho —que, sólo por hoy, les perdonaremos— de ser todos de filiación franquista) fue la tremenda libertad creativa con que ejercieron su profesión. Su capacidad para divertirse proyectando. Un feliz estado que vino, eso sí, después de —o quizás, ¿gracias a?— la inmersión de realidad y oficio que supuso para todos verse involucrados en la reconstrucción física del país a través del Instituto de Regiones Devastadas. La manía de Sota de entretenerse en encajar 4 puertas que abaten unas sobre otras en el espacio de un metro cuadrado; el gesto extremo de Coderch de apilar entre sí varias viviendas unifamiliares en el edificio Girasol, no son otra cosa, creo, que ejercicios de libertad.

Me pregunto qué será de nosotros cuando, al acabar el vaciado actual de España y volver de allá donde hayamos marchado, no tengamos siquiera nada que reconstruir; ¿podremos, al menos, ejercer en la universidad esa tarea de traductores de los maestros que admiramos? Ojalá, aunque tengo mis dudas. Los amigos sudamericanos se sorprenden mucho con nuestro desencanto actual: ellos —dicen— viven en esta situación de incertidumbre de forma permanente; pero ellos —les contesto— pueden dar rienda suelta a su latinidad libremente, sin sentir encima el hálito germánico sobre cómo hay que hacer las cosas: hasta que entendamos, de una vez por todas, que no se puede pretender ser meridional con una mentalidad prusiana, lo que nos queda —os propongo— es que, como Homero y la generación de los ’50, nos dediquemos a pasarlo bien: porque no debemos olvidar que, como gusta recordar a Manuel Vicent, no existe acto de cultura más elevado que el del socarrat de una paella a la luz de la luna (Luna de Agosto en islas Columbretes) o saber apreciar cómo “(...) [aunque] ya son tres las ruinas superpuestas, la griega, la propia, y la que [tenemos] alrededor, (...) la primavera es espléndida y la brisa trae un aroma de resina.” (El áspid).


Odiseo es llevado por Nausicaa ante Alcinoo (ilustración de RSañudo para la edición de CGGual)
 

Vestir bien    Imprimir

Lunes 2 de Enero de 2012
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(Continuación a Антон Чехов, sigue en Escribir bien)

Si vestir bien es tan importante, ¿cómo es que los arquitectos lo hacen tan mal? O, más que mal, de forma tan previsible: lo cual —bien pensado— tiene aún menos perdón, pues la elegancia lleva asociada, por sí misma, algo de imprevisibilidad y sorpresa. Hace poco, cuando quedé con un colega en Madrid a una reunión de trabajo en una cafetería, y como no nos habíamos visto en persona, él dijo, en tono guasón, que nos reconoceríamos porque "ambos iríamos vestidos de arquitectos".

Detengámonos, por un momento, a mirar cómo van vestidos estos dos señores de la foto. Se trata de los grandes —enormes— Antón Chéjov (ACh) y León Tolstói (LT): los dos padres de la literatura rusa moderna, reunidos en la dacha de Tolstói en Crimea, que Chéjov solía frecuentar, se dice, para curar una enfermedad respiratoria. A mi me parece que, además de curarse, ACh —que, por entonces, ya había entendido casi todo de la vida— iba también a buscar la compañía silenciosa del maestro LT, que en esa época no sólo lo había entendido todo, sino que ya estaba de vuelta de ello. Yo de mayor, y si tengo tiempo, quiero parecerme a Tolstói: tener una dacha en Crimea, cortar leña con ese aspecto, ser el jefe espiritual de una religión a la que sólo pertenezco yo mismo, y haber escrito Anna Karénina. Chéjov, dicho sea paso, tampoco me parece mal modelo, ¡ojalá!

Existe otra instantánea del mismo encuentro en que el maestro aparece como amonestando (pulgar en alto, gesto severo) al discípulo recién llegado (manos cruzadas, cabeza descubierta, mirada cabizbaja): "usted, Chéjov, no sabe bien lo que se trae entre manos", parece advertirle. En ésta, sin embargo, el ambiente ya se ha relajado, y la escena se ha trasladado desde la balaustrada a un sofá del porche. ACh (las manos cruzadas, pero la cabeza ya cubierta; la postura todavía erguida, aunque más distendida) viste un elegante terno oscuro con un foulard de seda claro, y sus piernas cruzadas dejan entrever unos botines cortos en punta. Tolstói, en cambio, aparece recostado contra el pretil exterior de la ventana: se cubre con un largo gabán que parece de pintor, y calza unas botas larguísimas y lustrosas de jinete; la pierna derecha se dobla por debajo de la izquierda, que a su vez se apoya en el suelo sólo por el talón, como si aún no se hubiera quitado la espuela de la excursión a caballo de la mañana. Bajo el gabán, y sobre las manos prietas, una chaqueta y puños de camisa impecablemente planchados; a juego con el sombrero blanco de ala ancha, esa barba inmensa y bicéfala, que uno imagina cayendo a ambos lados del cuerpo cuando yace recostado en la cama por la noche.

¿Y qué decir del sitio? Un amplio porche con vistas sobre el Mar Negro, un solado de barro en forma de damero, un mullido sofá de cuero con tachuelas, y una ventana que se abre en dos hojas desde la sala: ¡una auténtica habitación exterior! A través de la ventana podemos imaginar a la Sra. Tolstói gritar más tarde, cuando ya están en el jardín: "¡Lev, Antón, la comida está lista!"; o a Máximo Gorki (como aparece en una tercera imagen) dándoles un susto de muerte e interrumpiendo la conversación. Pero, ¿están realmente conversando Chéjov y Tolstói? No me lo imagino así. Más bien, charlando animadamente de cosas intrascendentes, como las especies de mariposas que pueblan esta parte de la península de Crimea, o la extraña clase de petirrojo que les ha despertado esa mañana. Porque, amigos, de las "cosas de verdad" apenas se habla: sobre ellas se escribe, pinta, construye, o como mucho lee; y, cuando no está uno enfrascado en ninguna de estas cuatro actividades, sencillamente se vive con ellas en soledad, o —como mucho, y como parece ser aquí el caso— en companía, pero en silencio y distraídamente.

Resulta difícil imaginarse a Sir Norman Foster (con su cuello vuelto) y a Jean Nouvel (con su disfraz negro) —por poner sólo dos casos entre todos los posibles— reunidos en un sitio y con una actitud así de elegantes. Al contrario, podemos pensar en ellos reclinados sobre un lucernario high-tech, sonriendo solemnes ante la cámara, y diciéndose el uno al otro "pues sí que te ha quedado bien este detalle del vidrio enrasado sobre la chapa de inoxidable". Mientras posaba, ya viejo, frente a sus dos torres del Lake Shore Drive de Chicago, es poco probable que Mies van der Rohe se detuviera en hablar de los detalles constructivos —por otro lado magníficos— de las fachadas que tiene detrás, y sí en cambio que le espetara al fotógrafo: "¡apúrese, Sr. Aarons, que tengo que ir a tomar mi vermut en el club!". Milena Busquets, que sabe mucho de ropa, escribe (en Mies y la ropa de otoño) que encuentra al viejo arquitecto alemán no sólo uno de los hombres más guapos que ha visto en su vida, sino también de los mejor vestidos. Porque esto —digo yo— es la elegancia: conseguir tener buen aspecto, divertido y serio al tiempo, distinguido y humilde a la vez, extravagante e imprevisible en un solo atuendo. Y, todo ello, mientras se desentrañan (por dentro y sin acabar de compartirlo) los grandes misterios de la vida.

(Gracias a Elvira Coderch por descubrirme esta foto, de la que aún no hemos conseguido averiguar el autor ni la procedencia)


Antón Chéjov (izquierda) y León Tolstói (derecha), juntos en Crimea sobre 1900.
 

La tierra baldía le debe un bosque    Imprimir

Lunes 21 de Noviembre de 2011
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(Continuación a Efectos de escritorio, sigue en Impresiones de un turista a 350 km/h)


"(...) Está desviada muchos grados de su Norte, al que parece que ya nunca vaya a volver."
 

Tras los pasos de Josef K.    Imprimir

Martes 30 de Agosto de 2011
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(Continuación a En torno a la permanencia, sigue en Los trenes de vuelta)


“Alguien debió de haber calumniado a Josef K., porque, sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana” (1).

Me atrevo a defender que uno no alcanza su madurez lectora hasta que no logra encontrarse frente a frente con Franz Kafka (K.). Habrá quien opine que lo mismo puede ocurrir respecto a Melville, Flaubert, Dante o Tólstoi, y en parte no le faltará razón: todos ellos nos resultan enormes, todos, a su manera y en su tiempo, fueron rompedores. Sin embargo, si existe un momento en que, en la historia de la literatura, se rompió el delgado hilo que hilvanaba a unos movimientos con otros y a un siglo con el siguiente, ese fue precisamente el de la breve irrupción en el mundo (tan solo 40 cortos años) de Franz Kafka; es ese, y no otro, el acontecimiento que marca el inicio de la modernidad literaria. Y digo bien “encontrarse frente a frente”, y no de perfil ni en livianos ejercicios de estilo. Como ya se quejó en su día el profesor Amalfitano, “(...) ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. (...) [El farmacéutico] escogía ‘la metamorfosis’ en lugar de ‘El proceso’, escogía ‘Bartleby’ en lugar de ‘Moby Dick’, escogía ‘Un corazón simple’ en lugar de ‘Bouvard y Pécuchet’, y ‘Un cuento de navidad’ en lugar de ‘Historia de dos ciudades’ (...). O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad” (2).

"El proceso" es, desde luego, una obra del todo imperfecta (tanto que K. la dió por descartada y pidió su destrucción a su muerte), pero contiene dentro de sí toda la esencia y energía de uno de estos “combates de verdad”. Si uno está interesado por las cuestiones de estilo y arquitectura narrativa, es, además, un verdadero regalo: partes incompletas, repeticiones, incluso algunas cosas incongruentes; finales alternativos, dudas y cambios entre unas ediciones y otras, todas ellas póstumas. Si embargo el puñetazo está garantizado, porque, como había escrito el propio K. a su amigo Max Brod (MB), “(...) pienso que sólo debemos leer libros de los que muerden y pinchan. Si el libro que leemos no nos despierta de un puñetazo en la cara, ¿para qué leerlo? ¿Para que nos haga felices (...)? Por Dios, podríamos ser igual de felices sin libros, y si nos hicieran falta libros para ser felices, podríamos escribirlos nosotros mismos, llegado el caso. No, lo que necesitamos son libros que caigan sobre nosotros como un golpe dolorosísimo, como la muerte de alguien a quien amamos más que a nosotros mismos, como si nos viéramos desterrados a los bosques, lejos de todo ser humano, como un suicidio; un libro tiene que ser un hacha que abra un agujero en el mar helado de nuestro interior” (3).

Como en tantos casos, a K. lo han sepultado los mitos, las lecturas banales, las interpretaciones parasitarias, y la incapacidad dolorosa del sistema educativo secundario para transmitir lo principal. Se ha formado la idea preconcebida de que sus universos son asfixiantes, horrososos, hasta tal punto que es habitual el uso del adjetivo “kafkiano” para describir ambientes así. Sin embargo, yo encuentro que el universo de K. resulta profundamente lírico; muchas veces es asfixiante, seguro, pero de una manera que entra en lo onírico, que roza lo irreal. Y todo ello ¡sorpresa!, mediante el uso de un estilo escueto y directo, sin ninguna floritura ni concesión. Otro gran despropósito que ha retrasado y confundido a los lectores para gozar de dicho estilo ha sido, en opinión de Jordi Llovet (JLl), el de las traducciones. Con ellas se ha tergiversado y alterado durante tiempo la “(...) peculiar manera de puntuar del autor, [que sigue] los criterios propios de toda edición de textos narrativos en Alemania, es decir, omitiendo el empleo de guiones, usual en nuestra convención tipográfica, en favor del uso de comillas. (...) [Para Kafka] el aspecto de las páginas [debía aparecer] a la vista de los lectores como una formidable densidad de escritura. (...) Kundera escribío (...) [sobre] el perjuicio cometido a la obra de Kafka al dividir sus largas tiradas discursivas en segmentos completamente arbitrarios, fruto siempre del capricho de los traductores. Así, por ejemplo, Kundera recordaba que el manuscrito del tercer capítulo de ‘El castillo’ no presentaba más de dos extensos párrafos, (...) [mientras que] en algunas traducciones fracesas ese párrafo presenta más de noventa” (4).

No es asunto menor el de los traductores: ¿cabe mayor tarea hermenéutica que coger un texto y volverlo a escribir, atendiendo a la vez al estilo del autor y a las particularidades de la nueva lengua? Cójanse un buen traductor en una lengua, y, siguiendolo a él, vayan entrando en las grandes obras que hasta entonces les habían sido inaccesibles: yo al traductor Miguel Sáenz le debo el descubrimiento (en este orden) de Mann, Schnitzler, Müsil y Göethe; y, este mismo verano, de Kafka, a través de su traducción de “El proceso”. Leyendo a K. uno ve enseguida cuánto le son deudores los estilos torrenciales de autores mucho más cercanos: es algo que aparece en Bolaño (de gran talento; que de Kafka nunca habló; que logró con “2666” un calco de obra no terminada y de final incierto —realmente kafkiano—), en Marías (de talento incomparablemente menor), o en Vila-Matas (singular, desde luego). Aunque quizás este último deba más a Joyce. Ah, ¡Joyce!, porque “(...) si Joyce parte del nacionalismo para llegar al internacionalismo, sigue otro camino que el de Dante: si dante particulariza los universales, Joyce universaliza los particulares. (...) El problema, tal y como se le presentó a Joyce, era más complicado, desde unos fragmentos crear una integridad, desde unos desacuerdos una consonancia, y desde unas líneas oscuras una claridad” (5). Desde luego meritorio, pero nada que no hubiera hecho Kafka varios años antes que él: si para la Modernidad Joyce es su Picasso, entonces Kafka es su Mondrian.

La historia del legado de Kafka, y de cómo estuvo a punto de perderse para siempre su obra de no ser por su amigo MB, es bien conocida, aunque el testimonio de Brod hay que manejarlo con cuidado, porque “(...) la neblina de la leyenda es aquí densa” (5). Llovet lo explica así: existe constancia de dos “testamentos kafkianos”, en forma de sendas cartas, a su amigo. En ellos, K. le habría pedido que tras su muerte se apresurara a destruir —sin leerlos— un buen número de manuscritos, entre ellos los de “El proceso” y “El castillo”, además de material muy diverso que debía recolectar de algunas personas de confianza. Sin embargo, y por fortuna para nosotros —lectores— y para la historia —en general—, a Brod se le debe hacer responsable de una muy grata desobediencia: “(...) a la muerte de Kafka, Max Brod no sólo no destruyó ni hizo destruir todos los papeles de Kafka en poder suyo, de los familiares o de los amigos del escritor, sino que se propuso asumir la ardua tarea de llevar todos los textos póstumos de su amigo a la imprenta, y lo hizo sin demora”. (6). Acudió enseguida a los padres del escritor; a varios de sus amigos; visitó a Dora Diamant —que había sido entre sus amantes la última—, que le entregó un “cuaderno de bocetos” y el manuscrito de “La construcción”; consiguió de Milena Jesenská —que había sido la penúltima, además de su segundo compromiso matrimonial fallido— “quince cuadernos grandes” que contenían los diarios y el manuscrito de “El desaparecido”; y obtuvo de Robert Klopstok —uno de los médicos que le había tratado la tuberculosis— algunos “apuntes y cartas” así como el manuscrito de “Josefina la cantante”.

Con todo ello, Brod quedó ocupado de por vida no sólo en transmitir el legado de Kafka a la posteriodad, sino en convivir (era él un importante escritor checo también) con condena tan letal a su propia carrera como suponía esta autoencomienda. Porque, para George Steiner (GS), la historia entre ambos rebasa la de la pura anécdota entre un escritor y su albacea, y se mete de lleno en el truculento mundo de las relaciones entre maestro y discípulo: “(...) Tenemos a Kafka —¡detengámonos por un momento a imaginal nuestra época y la modernidad sin él!— gracias a la labor incansable de Brod para ordenar y corregir las obras y diarios de Kafka y encontrar editores para ellos. ¿Hay otro acto de salvación póstuma que haya tenido tanta importancia? Es a un tiempo un acto de suprema moralidad y de autodestrucción. Max Brod ‘tuvo’ que haber sabido la influencia que ejercería Kafka en su propia obra” (7).

Aparte del caso B.-K., y a raíz de las “Lecciones de los maestros”, Steiner apunta varias cuestiones más que lo dejan a uno reflexionando: la primera y principal, plantea la duda de si es posible pagar por la transimisión de la sabiduría, porque “¿(...) qué equivalencia monetaria o patrón de cambio se puede establecer entre la sagacidad humana y la entrega de la verdad, por una parte, y unos honorarios en metálico, por otra? Si el Maestro es verdaderamente un portador y comunicador de verdades que mejoran la vida, un ser inspirado por una visión y una vocación que no son en modo alguno corrientes, ¿cómo es posible que presente una factura? ¿No hay algo degradante y al mismo tiempo risible en semejante situación?" (8) Buena pregunta, y buena duda existencial que no debe de abandonar a quien se dedique a la enseñanza. Pero claro, luego está la “vocación de enseñar”: “(...) No hay oficio más privilegiado” —añade Steiner, ya en tono autobiográfico—, puesto que “despertar en otros seres humanos poderes, sueños que están más allá de los nuestros; inducir en otros el amor por lo que nosotros amamos; hacer de nuestro presente interior el futuro de ellos: ésta es una triple aventura que no se parece a ninguna otra”. Pues sí: si no has sentido nunca, profesor, —y esto lo añado yo— algo parecido a esto, puedes ir abandonando tu cátedra o titularidad, porque te la otorgaron por equivocación.

El primer dilema planteado por GS lleva a poner en liza el significado mismo, la necesidad y la oportunidad ética de la “academia”, de la enseñanza, en particular la universitaria. A pesar de que la contradicción le atañe a él personalmente, es algo que no se ocupa de resolver; bien al contrario: por si quedaban dudas, atiza el fuego acudiendo a un famoso aserto de Goethe según el cual “el que sabe hacer algo, lo hace; el que no sabe, lo enseña” (9). Es un tema en el que también entra JLl en “Adéu a l’Universitat”, aunque con bastante menos fortuna; pero, en lo que por lo demás resulta una colección bastante aburrida de agravios y cuchilladas departamentales (y profundamente deprimente: si se le hiciera caso a pies juntillas, uno saldría corriendo mañana de tal sitio), subyace una idea interesante: dado que la universidad es, en su esencia, una institución puramente medieval —dicho en el sentido positivo del término—, resulta una pérdida y un engaño prescindir de las tradiciones medievales que le son propias; entre ellas, la más importante, la “libertad de cátedra”: es decir, designar en la cúspide a eminentes cabezas pensantes, y que ellos después elijan con libertad a todos los que tienen por debajo. Cuestión que, claro, para funcionar bien está condicionada a que se escoga con escrúpulo a tales líderes: si ellos fallan o son mediocres —como demasiado a menudo ocurre—, entonces todo se desmorona. Cualquier simulacro de igualdad de oportunidades, como los que se establecen en las oposiciones actuales de las plazas universitarias, degenera en un gran fiasco, repleto de injusticias y caldo de cultivo de agravios que durarán años. Si se trata de designar a dedo (que es, al fin y al cabo, lo que sigue pasando en la mayoría de los casos), ¡hágase entonces abiertamente!

Y —para acabar— cabe preguntarse: ¿qué pasa con los “ejercicios de esgrima”? ¿Merecen ser denostados con tanta saña como lo hacen Amalfitano y Bolaño? El caso de Herman Melville al respecto es francamente interesante; muchísimo más breve, y, sin duda, más fácil que su monumental “Moby Dick”, “Bartleby, el escribiente” es una obra originalísima. Al contrario que la historia de la ballena blanca (extrañamente redonda y cerrada para ser una “gran obra”), la de Bartleby queda por completo abierta, y permite una lectura poliédrica. Algo muy parecido a “El proceso”, porque no en vano, y según nos recuerda Borges, “Bartleby, que data de 1856, prefigura a Franz Kafka. Su desconcertante protagonista es un hombre oscuro que se niega tenazmente a la acción. El autor no lo explica, pero nuestra imaginación lo acepta inmediatamente y no sin mucha lástima. En realidad son dos los protagonistas; el obstinado Bartleby y el narrador que se resigna a su obstinación y acaba por encariñarse con él” (10).


Ediciones consultadas y notas:

  • Kafka Franz: "Obras completas". Galaxia Gutemberg. Barcelona, 1999. Y dentro de este volumen:
    . Kafka, Franz: "El proceso" (traducción de Miguel Sáenz) (le pertenece la nota 1)
    . Llovet, Jordi: "Presentación" (le pertenecen las notas 4 y 6)
    . Wagenback, Klaus: "Franz Kafka, una biografía" (le pertenece la nota 3)
  • Llovet, Jordi: “Adéu a la Universitat. L’eclipsi de les humanitats”. Galaxia Gutemberg. Barcelona, 2011.
  • Melville, Herman: “Bartleby, el escribiente”. Nórdica Libros. Madrid, 2007. (En su contracubierta aparece la nota 10).
  • Steiner, George: “Lecciones de los maestros”. Editorial Siruela. Madrid, 2004. (Le pertenecen las notas 5, 7, 8 y 9).


    A solas con Josef K., "desterrados en los bosques", en un hayedo entre Figueras y Camprodón
     
  • Steiner    Imprimir

    Miercoles 11 de Mayo de 2011
    Publicado en: También de letras

    (Continuación a El interior de cabina, sigue en Los mejores).


    Portada del ejemplar de préstamo de Presencias Reales, tras su lectura
     

    Athens in Baltimore    Imprimir

    Jueves 16 de Diciembre de 2010
    Publicado en: También de letras

    (Continuación a NYC, Agosto 2006, sigue en Orfandad)


    Series de culto y algunos clásicos greco-romanos, compartiendo alegremente estantería
     

    Mapa estival de lecturas    Imprimir

    Martes 31 de Agosto de 2010
    Publicado en: También de letras

    (Continuación a Eolo)

    Amigos: al parecer, los expertos consideran que debemos tener cada vez más cuidado con el manejo de nuestras identidades digitales durante los períodos de vacaciones; según Pleaserobme, dejar noticia de cuándo se cierra, a dónde se va, o lo que es peor, dónde se está en cada momento (gracias a esa herramienta de incomprensible popularidad llamada Foursquare) es una invitación directa a que a uno le desvalijen la oficina o la casa. Sirva esto para justificar la ausencia del habitual post que comunica el "cierre por vacaciones" de este Estudio, y que este año ha sido sustituido por las imágenes de la menorquina Eolo, aún en venta. Ya estamos de vuelta, y esto... no creo que entrañe riesgo comunicarlo.

    Para celebrarlo, hablemos un poquito de libros. Ya expliqué en el post En casa había demasiados libros... que considero que una buena dinámica lectora, la que de verdad hace disfrutar y nos pone a las puertas de la felicidad, es aquélla que establece extrañas conexiones entre un libro y los siguientes, que tira de una soga de incierto trazado para trasladarnos de una a otra lectura, y así hasta el infinito. El hilo del que pende mi mapa actual de lecturas, el que ha formado una tupida madeja con baricentro en este largo verano, y que comienza (cómo no) en la ya lejana obsesión por Bolaño, podría tener esta configuración:

    Bolaño condujo enseguida a Echevarría, del que éste es prologuista, albacea, y personaje oculto de Los detectives salvajes. Por Echevarría sentía curiosidad Elena, lo cual ya era en sí toda una garantía, y me llevó primero a Fresán, al que también había escrito un prólogo impecable, en un libro que, por cierto, también recomendaba Enrique (otra buena garantía); compré su obra de recopilación Trayecto, que me dirigió enseguida a Goytisolo, pero al bueno de los tres hermanos, y desconocido hasta la fecha para mí, Luis: no os perdáis esa obra suya estupenda que se llama Diario de 360º, extraño híbrido de fábula, ensayo y libro de memorias, alguno de cuyos comentarios ha acabado conduciéndome a Melville, y el imponente volumen de Moby Dick que hacía años dormía en mi estantería: ¡qué placer recuperar el gusto de leer una edición ilustrada!; Entre Goytisolo y Melville se han colado Enric González (cuánta melancolía camuflada de ironía en Historias de Nueva York) y Ferrater con Les dones i els dies (que se disculpa por tratar temas de lo más diverso en verso: "Pero l’autor no ha arribat encara a escriure una prosa que no tingui forma d’esponja"), cuyas conexiones dentro del mapa no logro establecer, aunque seguro que existen.

    Pero si debo quedarme con solo una de estas lecturas, será con la de Melville, por eso de que tras tantas novelas de líneas argumentales divergentes, tramas desestructuradas y ejercicios de estilo, el verano agradece una que sea ortodoxa, de las de toda la vida, donde todo converge y en la que, camuflada tras la cetología o ciencia de caza de ballenas, el argumento acaba siendo el mismo de siempre:

    “(...) el gracioso reposo de la línea, silenciosamente ondulante entre los remeros antes de lanzarse a la acción, contiene un terror más verdadero que cualquier otra vicisitud de esa peligrosa actividad. ¿Pero a qué decir más? Todos los hombres viven envueltos en líneas de arpones. Todos han nacido con dogales en torno al cuello; pero sólo cuando los atrapa el rápido, fulmíneo giro de la muerte advierten los silenciosos, sutiles, ubicuos peligros de la vida. Y si eres filósofo, lector, sentado en el bote ballenero no sentirías en tu corazón ni una pizca más de terror que frente al hogar, en el atardecer, con un atizador a tu lado en vez de un arpón”.

    (Pág. 396 de la edición española de Debate, 2001; la imagen del destacado de la página Inicio es un detalle de una ilustración de Rockwell Kent correspondiente al capítulo La cofa, Pág. 229 )

    (Sigue en Disfrutemos)


    Vista de 360º en Albentosa (Teruel), por la vía verde Ojos Negros II (AM, Verano 2010)
     

    L5-S1    Imprimir

    Martes 20 de Abril de 2010
    Publicado en: También de letras

    Healing Through Disease (Continuación a La silla de Marañón)


    "(...) Según cuenta su último biógrafo, Le Corbusier pasó los años finales de su vida con una vértebra humana colgada del cuello. Dicen que al morir su mujer se procedió a la incineración, pero de modo inexplicable entre las cenizas apareció una vértebra intacta. Una vértebra es un elemento perfecto para ilustrar la tarea del arquitecto. La columna vertebral, esa sinusoide flexible formada por pequeñas piezas de prodigioso diseño, debería figurar en el escudo de armas de los arquitectos".

    Félix de Azúa: Cuando hay arquitectos amables (también reseñado en Arquitectos, el ocaso de una profesión)



    L5-S1 es el espacio articular entre la vértebra más baja de la sección lumbar de la columna (L5) y la más alta del sacro (S1). Lo siento por Azúa y Le Corbusier, pero pienso que algo debió de ir mal en el camino de evolución del homínido desde las cuatro patas hasta la bipedestación. ¿"(...) Sinusoide flexible formada por pequeñas piezas de prodigioso diseño"? Estáis de broma: nadie puede decir esto si analiza con calma la L5-S1, verdadera chapuza evolutiva, disco débil donde los haya pues con un espacio y forma idénticos a sus vecinos tiene que asumir cargas y flexiones 20 veces mayores.

    Hace ahora 8 años, AM (el Arquitecto Martínez, el Artista Madridista) empezó a sentir una pequeña molestia a la altura de la espalda, sección lumbar, que fue rápidamente degenerando, a lo largo de 3 años más, en un agudo dolor, primero, y en una parálisis incapacitante, después. Comenzó entonces su peregrinación por médicos y terapeutas de especialidades sobre cuya existencia, hasta entonces, sólo tenía remoto conocimiento, a veces desconocimiento total. Traumatólogos, reumatólogos, neurocirujanos, osteópatas, homeópatas... aunque AM creía haber tenido criterio hasta ese momento para distinguir entre lo bueno y lo malo, entre lo regular y lo peor, ahora todo parecía valer con tal de aliviar la tormenta de dolor que le asediaba día y noche. Con un problema, o mejor dicho, dos: a pesar de que el diagnóstico era claro y bastante unánime (discopatía severa a nivel L5-S1), las soluciones que le proponían eran del todo divergentes; desde las cirugías extremas con medio año de recuperación en la cama, hasta el "no hacer nada y aguantar", pasando por experimentales y dudosas inyecciones de gases extraños como el ozono. Y todo ello trufado con conversaciones del todo surrealistas (¿eres paracaidista? porque ésta es una lesión típica de paracaidistas...) Y lo que es peor: ninguna de las terapias, ninguna de las soluciones parecía servir para hacer remitir en nada el dolor. El paciente convertido en médico de cabecera, teniendo que distinguir y elegir entre especialistas carísimos... enfin, un desastre.

    Cuando este viaje en el sentido inverso al de la evolución (de erguido a acostado, del tablero de dibujo a la cama) parecía no tener fin, AM tuvo la suerte (sí, existe) de encontrarse en su camino al Dr. R., neurólogo especializado en el tratamiento del dolor. Su receta era sencilla: primero hay que desbloquear los mecanismos del dolor, hay que devolver el cuerpo a una posición y comportamiento antiálgico, engañar a las reacciones de defensa, tanto nerviosas como musculares; sólo así podremos empezar una terapia manual y una reeducación del comportamiento que servirá para estabilizar la situación. Y su terapia fue de choque, pues comenzó con unos derivados opiáceos (que producían tal sensación de dulzura que AM aún los sigue añorando a día de hoy) y siguió con una ingeniosa intervención llamada rizólisis, que consistió en destruir, mediante radiofrecuencia introducida por unas cánulas al nivel articular, la rama de los nervios que sirve para transmitir el dolor (y eso sin interferir en las dos otras, las de la tracción y el tacto). Escéptico por su experiencia y por su intuición (¿es prudente quitar los testigos de una grieta en un edificio con patologías evidentes?), AM se dejó hacer, una vez más.

    Como los golpes de suerte nunca vienen solos, al poco tiempo (y cuando los efectos secundarios de la intervención -un inquietante hormigueo en las piernas- aún estaban presentes) AM acabó cayendo en las manos del fisoterapeuta J. Respecto a sus antecesores, la originalidad del fisioterapeuta J. consistía en aunar las técnicas occidentales con orientales (el recurso a la acupuntura para las peores crisis era siempre infalible), y las elásticas (la fisioterapia tradicional) con las más mecánicas (las de la osteopatía). El encuentro (felizmente coincidente, aunque no relacionado) de ambas personas (R. y J.) supuso para el maltrecho AM un punto de inflexión radical: el dolor comenzó a remitir de forma acelerada, y pudo ir recuperando sus responsabilidades (profesionales y paternas) de forma paulatina; y no sólo eso.

    Escarmentado por el suplicio de los años pasados, AM empezó a cuidar mejor la alimentación; perdió con ello algo de peso; comenzó a hacer ejercicio, tanto camino de la oficina con su recién estrenada bicicleta, como en sesiones semanales de natación (práctica que había odiado hasta entonces) en las que el entrenador M. le enseñó que la diferencia entre un mamífero de tierra y otro de agua (o anfibio) era más una cuestión de técnica (técnica depurada, eso sí) que de verdadera anatomía, esa anatomía que había estado en el origen de su fallo.

    Por entonces, AM reseñó un interesante artículo de prensa dedicado al Doctor L. (La silla de Marañón), personaje que daba con sus palabras una verdadera lección de cómo debiera de ser la medicina que él hubiera necesitado encontrarse (humanista, humana y transversal). Como en casa de herrero, cuchillo de palo, el Doctor L. falleció -demasiado joven- al poco tiempo de esa reseña (descargar necrológica), como si no hubiera querido aplicarse sus propias recetas de longevidad, o quien sabe, esas recetas tuvieran más de bonita quimera que de realidad.

    La revisión. Hace no mucho, el fisioterapeuta J. pidió a AM de que se realizara una nueva prueba diagnóstica, para cuantificar con imágenes el nivel de la recuperación de la lesión: una cosa -la recuperación- que a efectos empíricos resultaba evidente (quién te ha visto y quién te ve), pero de la cual AM no quería ni oír hablar: pruebas de nuevo, ¡no, por favor! Déjenme disfrutar. Y hace bien poco, después de una concienzuda estrategia de persuasión, aprovechando el tiempo de conversación de las sesiones de rehabilitación, J. acabó convenciéndole. Señores: contra todo pronóstico (y esto no lo tenían previsto ninguna de las técnicas que se barajaron, que aspiraban como mucho a una estabilización), el disco intervertebral L5-S1 se ha recuperado al doble de su tamaño de hace 4 años. Healing through disease; la curación a través y gracias a la enfermedad.

     

    Viajar    Imprimir

    Martes 19 de Enero de 2010
    Publicado en: También de letras

    (Continuación a Bolaño y la extraterritorialidad, y hermanado con Viajar, de Elena)

    "Recorrer el mundo, surcarlo en todas las direcciones, no llegará a ser más que un conocimiento somero de algunas de sus hectáreas: minúsculas incursiones en vestigios descarnados, un pequeño estremecimiento por la aventura, presas improbables logradas en medio de una dulce bruma, de las cuales algunos detalles quedarán en nuestra memoria: más allá de esas estaciones y carreteras, de esas pistas centelleantes de aeropuerto, de esas bandas estrechas de tierra que un tren nocturno lanzado a gran velocidad ilumina durante un fugaz instante, además de las panorámicas esperadas durante demasiado tiempo y descubiertas demasiado tarde, de los amontonamientos de piedras y de obras de arte, serán quizás tres niños que corren por una carretera blanca, o bien una pequeña casa al salir de Aviñón, con una puerta de listones que debió haber sido de color verde, la silueta recortada de los árboles en lo alto de una colina a los alrededores de Saarbrücken, cuatro obesos hilarantes en la terraza de un café en las afueras de Nápoles, la calle mayor de Brionne, en Eure [Normandía], dos días antes de Navidad, hacia las seis de la tarde, el frescor de una galería a resguardo en el zoco de Sfax, una minúscula presa atravesada en un lock escocés, o una carretera con forma de meandro cerca de Corvol-l'Orgueilleux... Y con ellos, irreductible, inmediato y tangible, el sentimiento de la concreción del mundo: algo que queda claro, súbitamente y muy cerca de nosotros: el mundo, no como un recorrido a rehacer una y otra vez, no como una carrera sin fin, un desafío incesante a superar, no como el único pretexto de una acumulación desesperante, ni como ilusión tras una conquista, sino como reencuentro de un sentido, percepción de una escritura terrestre, de una geografía de la cual habíamos olvidado que somos los autores".

    (traducido y subrayado -libremente- del francés de las páginas 155 y 156, capítulo El mundo, de Espèces d'Espaces, de Georges Perec, Éditions Galillée, Paris 2000)


    Lomo de la edición del año 2000 de Espèces d'Espaces, de Georges Perec, en la Editorial Galilée
     

    Mediterráneo, entre 45º y 57.5º Este    Imprimir

    Miercoles 2 de Diciembre de 2009
    Publicado en: También de letras

    (continuación a Castilla, SW-NE; sigue en Efectos de escritorio)


    Dos puentes de mando en esta ciudad: Home (izquierda); y Office (derecha)
     

    Антон Чехов    Imprimir

    Domingo 12 de Julio de 2009
    Publicado en: También de letras

    (Continuación a Nabokov en el Jarama, vers2009, sigue en Vestir bien)

    «(...) E allora questa aculturazione sta distruggendo in realtà l´Italia, / quello che posso dire senzáltro è che il vero fascismo è proprio / questo potere della civiltà dei consumi che sta distruggendo l´Italia / e questa cosa è avvenuta talmente rapidamente che non ce ne siamo resi conto, è avvenuta in questi ultimi cinque, sei, sette, dieci anni... / è stato una specie di incubo in cui abbiamo visto l´Italia intorno a noi distruggersi, sparire. / Adesso, risvegliandoci, forse, da questo incubo, e guardandoci intorno, ci accorgiamo che non c´è più niente da fare».

    (Pier Paolo Pasolini, poco antes de su muerte, en la playa de Ostia, 1974)


    ¿Se puede vivir sin haber visto una obra de Antón Chéjov? Francamente: NO. A quien afirma (y son bastantes, muy próximos y leídos)... "A mí, es que el teatro no me gusta... me aburre" ... hay que contestarles que lo que les pasa es, sencillamente, que no han dado con la obra, el autor, o la compañía adecuada. El teatro no puede "no gustar". Es imposible.

    Cuando hace un tiempo me lamentaba, algo en broma, de no saber elegir bien las ciudades en que acababa viviendo (lugares que parecían entrar en irremediable declive desde el momento en que los pisaba -leer-), quizás olvidé que ha sido precisamente en dos de estos sitios de exilio voluntario donde se prendió la mecha de mi afición al teatro. Por la razón que sea, la ciudad mediterránea en que ahora vivo y la metrópoli septentrional e insular en que viví un buen puñado de años, tienen extrañamente en común un caldo de cultivo propiciatorio del vero teatro, aquél que atraviesa los géneros y los tiempos para pegarte un buen puñetazo, fuerte y certero, en pleno estómago: puñetazos dolorosos pero que recuerdas toda tu vida. Un teatro que nunca encontré en la ciudad continental en que nací, donde, es cierto, siempre resultó encomiable el esfuerzo por dramatizar a Lope o Calderón, pero uno no encontraba jamás en escena al núcleo del teatro útil para el boxeo con uno mismo; es decir: Antón Chéjov (ACh.) y William Shakespeare (WSh.).

    Pero... no, de nuevo miento: mi primer contacto con Chéjov fue precisamente en Madrid, aunque a través del cine. Una tarde de domingo, acompañado de Q., en ese sitio psico-urbano llamado Plaza de los Cubos, vimos en el Cine Princesa Vanya on 42th Street, un film basado en la obra homónima de ACh., dirigido por Louis Malle y adaptado por David Mamet (ahí es nada), en el que resulta profundamente perturbador descubrir cómo los personajes del drama van fagocitando al grupo de actores que lo recrean, al principio de forma festiva, en un teatro al borde de la demolición durante una luminosa mañana neoyorquina.

    En Londres viví bastante tiempo en Hampstead Heath, en casa de RQ, un hombre en la mitad de su cincuentena, actor de teatro en declive y escritor de relatos radiofónicos para la BBC. Una situación propia de una novela de Javier Marías que, créanme, sólo puede ocurrirle a uno en esa ciudad, más aún si se tiene en cuenta que la sola razón por la que, en un principio, escogí aquella casa, fue por ser la única que pude encontrar sin moqueta en baño y cocina; de ahí, con el tiempo, derivó con R. una amistad transgeneracional cuyos puntos de encuentro eran la lengua inglesa (lo bueno que sé me lo enseñó R.), el ajedrez (nunca logré batirle) y el amor al teatro de WSh.: él me mandaba a las representaciones de barrio o en hangares industriales, de las que recuerdo especialmente un Macbeth negro y rasta... Y ¡cuidado!: delante de un actor que se precie no se puede pronunciar nunca el nombre de esta obra, a la que se debe nombrar The Scottish Play; R. se llevaba horrorizado y supersticioso las manos a la cabeza cada vez que yo, entusiasmado con lo que acababa de ver, pronunciaba el nombre de pila del rey de Escocia.

    En Londres vi también The Cherry Orchard, y (ya cuando vino N. a vivir allá) un Troilus and Cressida del que no entendimos absolutamente nada, pero que nos fascinó al descubrir en el National Theatre que al teatro se podía asistir como a un circo, con la escena circular en el centro y el público alrededor.

    Ya en Barcelona disfrutamos, entre otras, de un Hamlet algo obsceno de Calixto Bieito en el Romea, y sobre todo, de un Oncle Vània impactante en el Teatre Lliure, con una esplendorosa Mónica López en el papel de Ielena, que nada tenía que envidiar a la bellísima pelirroja Julianne Moore de la versión neoyorquina. Y esto hasta hace dos semanas: un viernes por la tarde por fin conseguimos entradas para Molts records per a Ivanov, una versión libérrima de Pep Tosar y Albert Tola sobre el Ivanov chejoviano y llena injertos propios y ajenos, que van desde Pasolini a Pink Floyd pasando por Thommas Mann. Como bien dice Marcos Ordóñez en su brillante crítica, "(...) que Santa Lucía guarde la vista a nuestros beneméritos programadores", pues la compañía, después de dos años de portazos de los grandes teatros, acabó alquilando de su bolsillo el minúsculo Cercle Maldà, uno de aquéllos cenáculos noucentistas en que los ricos de la ciudad encargaban representaciones privadas de sus obras preferidas.

    Y yo digo: ¡gracias, benditos programadores! que nos habéis permitido disfrutar de este tarro de las esencias en un salón de 15 m2, casi apartando los pies propios para que los actores no acabaran tropezando. Quizás quien mejor ha logrado explicar porqué dentro del tarro coinciden siempre Chéjov y Shakespeare (símbolos de lo transversal, de la retroalimentación creativa entre lo muy particular y lo universal) ha sido José María Merino en un reciente artículo llamado Shakespeare en la Rusia profunda, al afirmar que...

    «(...) Sin embargo, se ha reflexionado menos sobre el fenómeno de cómo estos autores [los escritores rusos] fueron capaces de unificar dos propósitos en apariencia divergentes: el dar sentido literario a una lengua, la rusa, menospreciada hasta entonces (...), y el que sus proyectos narrativos no dejasen de pretender armonizarse con la literatura universal. Lo cierto es que los escritores rusos, muy ceñidos a su realidad inmediata, nunca tuvieron una visión meramente localista o costumbrista de su labor, nunca perdieron la perspectiva de estar integrados en un imaginario que desbordaba las estrictas fronteras de su lengua y su país».

    Y esto -sólo esto- es lo que hace que estas criaturas (Vania, Ivanov o Hamlet) se puedan travestir en intelectuales de Nueva York, dramaturgos derrotados de Palma o quinquis de barrio; y que nos hablen en inglés, francés, catalán o incluso (ni más ni menos) con acento mallorquín; y, no obstante, que sigan significando lo mismo para lo que las hicieron nacer sus autores.

    Y también: que nos sintamos tan profundamente identificados (y espantados por hacerlo) con esos personajes chejovianos -casi siempre varones que han pasado el ecuador de su vida-, para los que, de repente, poco o casi nada tiene sentido, y que descubren cómo aquél perrito juguetón que al principio era la vida, y que se dedicaba a lamerles los tobillos, ha pasado a portar ahora una hermosa y afilada guadaña; y que todo ello ha ocurrido sin que el hastío circundante les haya permitido darse cuenta: un hastío que, al fin y al cabo, será el único refugio confortable donde vuelvan a instalarse para tratar de ahuyentar el horroroso hallazgo.


    Extracto de la cubierta del programa de Ivanov en el Círculo Maldà de Barcelona, Verano de 2009
     

    México nos devuelve a JAM    Imprimir

    Lunes 9 de Marzo de 2009
    Publicado en: También de letras

    (Continuación a En casa había demasiados libros)

    ¿De qué radio son los círculos que conectan tu vida y la literatura?

    JAM no es el grupo mod británico de los años ochenta, ni tampoco un apócope para la inspección de una partida de jamón ibérico entrando por el aeropuerto de Nueva York. JAM es José Antonio Marina, y así le gusta ser llamado a él. JAM, aparte de poner de moda Alcobendas 15 años antes que Pe (presumía de las flores y hortalizas que plantaba en su jardín en esa ciudad), es autor de (al menos) dos manuales cruciales para el ensayo español (y diría que mundial); adelantando en un lustro (y superando en todo) a todas las teorías posteriores sobre la "inteligencia emocional", JAM explicó cómo... "(...) Tenemos al autor en danza, brincando del proyecto a la operación y de lo conseguido a lo deseado, como una incansable lanzadera que teje el tejido de la obra. Patronea un barco que navega en mar incierto y cuya única guía es un faro lejano que él mismo tiene que encender. Ha de estar allí y aquí. En el barco y en el faro. No es fácil de explicar esta bilocación del artista, que está dirigido en su búsqueda con un proyecto que debe definir con su búsqueda. Tal vez sirva de consuelo saber que en ese trance estamos todos, porque todo acto libre está agitado por ese mismo trajín de ir de lo que soy a lo que quiero ser, sin saber muy bien de qué se trata. Desde la espesura del bosque, una luz, que soy yo, me guía a mí, que soy el viajero perdido. No es fácil de entender.(...)" (1)

    Julia se pregunta: ¿qué fue antes, la literatura o la realidad? Es una duda muy sana, y de hecho una pregunta muy pertinente. Supera con creces su otro subtítulo "Paralelismos entre la literatura y lo cotidiano", o el que encabeza este texto. ¿Y si resulta que... fue antes la literatura, y que no estamos viviendo más que un remake devaluado de una ficción, torpemente contado e interpretado por actores inexpertos, que somos nosotros? A la bilocación en el espacio que nos exige JAM, resulta que ahora deberemos añadirle una doble ubicación temporal, en el antes y después de una farsa, sin saber cuál viene antes y cuál la sucede, sin saber cuál de las dos es la verdadera... ¿no es esto mucho pedir?

    Pero si alguien sabe pedir (siempre) más de lo que es educadamente pertinente, ese es Roberto. Todos estamos de acuerdo: nos guste o no, hay unanimidad sobre que a su literatura se le saltan las costuras, revienta los corsés y aniquila los paradigmas, de uno u otro sentido. Por eso pone tan nervioso a tanta gente, por eso apasiona a tanta otra por igual. ¿Cómo sino es posible que tantos de nosotros, jóvenes urbanitas europeos (antiguamente) acomodados, estemos deseando trasladar nuestra residencia a Los desiertos del Norte mexicano? Si todas sus historias convergen allí, incluso esa que se marca un horizonte temporalmente infinito como es el año 2666, ¿no debieran las nuestras hacerlo también? ¡Qué radio más grande, el de los círculos de Roberto, que van de tres en tres siglos!

    Sin embargo, el de los círculos de Daniel (el radio, quiero decir) no se puede medir en centímetros, ni siquiera en milímetros: más bien en nanómetros, como muy grande, porque de más tamaño no puede ser el mundo que se desarrolla entre un "dos puntos" y el siguiente, dos palabras después (por cierto, ¿alguien ha conocido antes a otro autor que puntúe así?: así quiero decir: así, por si no se me entiende: pues eso...); pero, ¡cuidado! minúsculo como problema no quiere decir absurdo, ni mucho menos evidente. Rebosa talento, complejidad, ironía, humor, y ¡cómo no! se desarrolla en los desiertos del Norte.

    ¿Es México hoy, de verdad, como lo pintan? ¿Es como lo cuenta Tano, o... como lo escribe Pablo Ordaz (El País) en sus últimos reportajes sobre el narco en Tijuana o Ciudad Juárez? Pero, ojo, ¿no es Ciudad Juárez el trasunto del Santa Teresa de Bolaño? ¿O era al revés? ¿No habrán leído los periodistas demasiado Bolaño para seguir cuerdos, o es que el mundo nunca fue cuerdo, Bolaño nos lo recordaba, y el narco nos lo repite? No entiendo nada. Necesito explicación autóctona.

    Héctor tiene una página exquisita; sus fuentes son variadas, cultas, transversales y transatlánticas (como no podía ser de otra manera). Además, su edad es tan tierna que parece la de mis alumnos de la universidad (aunque ya me gustaría a mí que ellos escribieran con esa pulcritud). Me encontré con Héctor hablando (como no) de Roberto Bolaño, volví a cruzarme tratando de descifrar a Daniel Sada. Hace poco, Héctor conoció a Julia, y hace menos, reseñó a JAM. Si alguien tiene dudas sobre que la vida no es otra cosa que dar vueltas en círculos, que venga y lo vea: lo único que nos queda a cada uno es decidir de qué tamaño son esos círculos, y de qué manera se suceden (si concéntricos, si en espirales, si en torbellinos...)

    ............................................

    . Nota (1): Marina, José Antonio: "Teoría de la inteligencia creadora". Anagrama, Barcelona 1993. P. 194

    . Nota (adicional): Proyecto entregado, queridos amigos. Gracias por la paciencia, si es que seguís ahí. El proyecto estaba ubicado en Blanes, Blanes era la patria de Bolaño y.... ¡ah no, que volvemos a empezar! Lo publicaré en breve.

    (Sigue en En torno a la permanencia)


    "Patronea un barco que navega en mar incierto", Vers.2.0 (portada R. de Libros)
     

    Ver trabajar a Gorka Lejarcegi    Imprimir

    Viernes 7 de Noviembre de 2008
    Publicado en: También de letras

    Lo poco que sé de fotografía lo aprendí en 15 minutos, una mañana de febrero al ver trabajar a Gorka Lejarcegi. De nada sirvieron todas las lecciones y consejos que me dieron desde pequeño sobre "diafragma y profundidades de campo" mis padres o amigos: son conceptos que aún sigo sin comprender. La verdad es que miento, pues no es todo sino casi todo (lo que aprendí con él), porque un poco de reconocimiento le debo a mi querida Nikon D70, que hace tan bien su trabajo aunque yo entienda tan poco de su funcionamiento.

    El azar me llevó a conocer a Gorka (fotógrafo de plantilla del diario El País) con ocasión de una entrevista que él mismo (el azar) quiso que realizara (yo) a Richard Rogers en 2001 (leer). La cita era a las 11:00, en el portal de una finca regia de la calle Ayala (o Hermosilla) de Madrid, con "un fotógrafo que te mandará el periódico". Cuál fue mi sorpresa al oir, cuando (adusto) se presentó, que era "Gorka", ¿"pero Gorka Lejar..."? pregunté yo sin saber acabar ese apellido impronunciable, "sí, ése".

    En ese cuarto de hora, pidió a Rogers que se colocara en diferentes esquinas de aquel piso franco (que el equipo tenía en Madrid para la obra de Barajas); que cogiera un sombrero, que mirara para aquí y para allá... Toda una puesta en escena digna de director de teatro y a la cual RR accedió entre gustoso y desconcertado; hecho el retrato, cogió sus trastos y se marchó por donde vino hacia su siguiente encargo.

    Desde aquel día sigo su trabajo con más interés aún; a destacar, de los que recientemente ha publicado, un retrato que ilustraba el artículo Gutiérrez Aragón dice adiós al cine: el (ex-)director, frente a un espejo, levanta la vista -¿en busca de una respuesta?- hacia un extraño lucernario, del que no se entiende muy bien si sale luz natural o artificial. Toda una joya escénica, cromática y de luz, digna de la mejor composición velazqueña; y con toda probabilidad, también improvisada, tras efectuar su singular y veloz rastreo de la escena de la entrevista, tratando de detectar en ella los elementos o rincones que puedan hablar del entrevistado casi más que su propia cara.


    Fotografía de Gorka Lejarcegi ilustrando Corazones que laten después de muertos (El País, hoy 7.11.08)