Más allá de la frontera Este    Imprimir

Miercoles 16 de Julio de 2014
Publicado en: Letras

(Continuación a Al retirar los andamios)

Cuando la protagonista (sin nombre) del pequeño relato Sueño, de Murakami, descubre que puede vivir mejor sin dormir (en un permanente estado de vigilia que cada día le hace sentir más fresca), intenta esquivar toda interferencia con un mundo (el del día) que ya no es el suyo, releyendo una y otra vez Anna Karénina, y descubriendo cómo en el interior de la novela (así lo explica ella) igual que en una caja labrada, dentro de un mundo existe otro mundo más pequeño, y dentro otro… hasta que la suma de todos esos mundos constituye un universo compuesto. Cuando la ha releído ya tres veces, decide pasar de Tolstói a Dostoiévsky.

Este poder hipnótico de mantenerte en un mundo paralelo que tienen los grandes rusos llega a un punto en que, explica Eduardo Mendoza, durante el tiempo que dura la lectura tienes la sensación inequívoca de que el mundo real es el que te presenta el libro, mientras que el otro, el que te rodea, es algo vago e impreciso, como una ficción. Una sensación de evasión extrema que, añade, en algunos momentos es de una crudeza y precisión tan dolorosa, tan potente, que te obliga a parar por un rato la lectura (en su caso, de Guerra y Paz, en cuyo prólogo explica estas sensaciones).

Ya sé que no está de moda (ahora que nuestra frontera Este está en llamas, y ellos son otra vez los malos) pero yo no puedo hacer otra cosa que declararme rusófilo sin remedio. Y si se trata de su literatura, más aún. En el caso de Dostoiévsky, nos cuenta Luis Goytisolo, existen ciertos pasajes cercanos a la mística que tiene que ver con el llamado ‘momento aúreo’, ése de una cierta enajenación que precede al ataque de epilepsia: “(…) Hay segundos” [explica un personaje de Los Demonios a otro] "(sólo cinco o seis cada vez) en que de pronto siente uno la presencia de la armonía eterna plenamente lograda. No es nada de este mundo. No quiero decir que sea divino, sino que el hombre, en cuanto ser terrenal, no lo puede sobrellevar. Tiene que cambiar físicamente, o morir." Dostoievsky era él mismo epiléptico, y se diría que a un origen similar a ese momento responden las acciones que toman bastantes de sus héroes.

Cuando estéis en dificultades, o simplemente, cuando os queráis evadir: leed a los rusos. O, mejor aún, id a verlos. “Bebemos porque no nos gusta la vida que tenemos, y así nos inventamos una, llena de ilusiones”, explica Vania en un momento de la obra de Chejóv, cuando ya los acontecimientos se comienzan a desmadrar en la dacha familiar que administra. No sé si además, y como él, debemos comenzar a beber (que probablemente, pero no porque no nos guste la vida que llevamos, ¡que nos encanta!) pero sí debemos correr a ver a la increíble compañía Les Antonietes, para comprobar si en su próximo montaje van a ser capaces de reproducir la intensidad del anterior; y, ver si, de nuevo, Mireia Illamola podrá otra vez representar un papel al que prácticamente no le hubiera hecho falta hablar: todo, o casi todo, lo podía explicar sobre Yelena tocándose la cabellera pelirroja (un séptimo e inédito personaje del montaje), dejando que otros le hicieran y deshicieran la trenza, o arrastrándose por las tablas viejas del Teatre Lliure al lamento de “¡Me aburro… me estoy aburriendo!”


¿Puede una viña convertirse en una hidra que se mete por las ventanas? Sí: ¡en Rusia!
 

Al retirar los andamios    Imprimir

Domingo 12 de Mayo de 2013
Publicado en: Letras

(Continuación a Los trenes de vuelta, sigue en Más allá de la frontera Este)


¿Contiene este crucigrama numérico la clave de la estructura del 2666 de Bolaño? (fotoAM)